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La lluvia cae sobre el valle costero del Báltico en Alemania, y los campos de Henning Voigt se inundan. «Pero eso no es problema», dice Voigt, un agricultor orgánico con 350 hectáreas de pastizal. «Mi granja es un experimento de vivir con la humedad, no contra ella.»
Desde hace 25 años, Voigt y su padre han estado rehidratando terrenos que alguna vez fueron turberas. Ahora, la cuestión es si puede salir adelante sin sacrificar su modo de vida.
«No podemos criar ganado aquí», Voigt reflexiona. «Las vacas no podrían sobrevivir con la vegetación que crece en estos suelos. Les llenarían el estómago, pero morirían de hambre.»
Para Voigt, la solución es diversificar. La hierba que cosecha se convierte en biomasa para la producción de calor en una planta de energía cercana. Sin embargo, esto solo cubre una parte de sus ingresos, la mayoría de los cuales provienen de subsidios europeos. «Es una forma de vida, pero no es sostenible a largo plazo», admite.
Alemania ha drenado amplias extensiones de turberas durante siglos, dejando solo un 2% en un estado casi natural. «Es uno de los países que más ha drenado estas tierras en el mundo», explica Franziska Tanneberger, investigadora del Centro de Turberas de Greifswald.
Las turberas drenadas son una bomba de carbono. El carbono almacenado se oxida y se convierte en dióxido de carbono, un gas de efecto invernadero. Aunque representan solo el 7% de las tierras agrícolas en Alemania, generan casi el 40% de las emisiones de gases de efecto invernadero del sector. «Estas áreas aceleran el calentamiento global en lugar de mitigarlo», dice Tanneberger.
El término «paludicultura» se refiere a prácticas agrícolas adaptadas a terrenos húmedos. En teoría, es una solución. En la práctica, es una quimera para muchos agricultores.
Karsten Padeken, presidente de la Asociación de Agricultores de Baja Sajonia, no está convencido. «No veo cómo una granja puede sobrevivir con la paludicultura. No hay demanda», asegura. Padeken tiene 500 cabezas de ganado en el Wesermarsch, una región donde buena parte de los campos eran turberas antes de ser drenadas.
«Escucho a los agricultores y la mayoría prefiere mantener las cosas como están. Son tiempos difíciles y nadie quiere arriesgarse», añade Padeken.
En el noreste de Alemania, el Centro de Turberas de Greifswald ha publicado un catálogo de productos derivados de la paludicultura. Desde biocombustibles hasta materiales de construcción, hay ideas, pero poca implementación. «La mayoría de los proyectos están en fase de prueba», comenta Tanneberger.
Voigt ve una oportunidad en una gran empresa alemana de venta por correo. «Otto Group ha mostrado interés en usar nuestros cultivos para empaques. Inicialmente es un proyecto pequeño, pero podría escalar rápidamente», explica. Para Voigt, esto es crucial. «Si no hay demanda a largo plazo, los agricultores no invertirán en rehidratar sus tierras».
Voigt depende de las subvenciones de la Unión Europea. «Son la parte más importante de mi ingreso, pero solo están garantizadas por cinco años», confiesa. Este modelo de negocio es inestable, y los bancos lo ven como un alto riesgo.
«Es difícil buscar préstamos con un ingreso tan volátil», dice Voigt. Además, el equipamiento necesario para trabajar en terrenos húmedos es costoso. «Necesitamos maquinaria especializada, y eso implica una inversión inicial importante.»
El Ministerio de Medio Ambiente alemán y el Banco de Desarrollo Rural están trabajando en un programa de financiamiento para apoyar la rehidratación. «Honestamente, sin más apoyo financiero, esto no será viable», afirma Tanneberger.
A pesar de los desafíos, hay un acuerdo entre los 16 estados alemanes y el gobierno central para que, para 2050, todas las turberas se gestionen de manera húmeda. «Es un paso en la dirección correcta, pero necesitamos medidas concretas y rápidas», insiste Tanneberger.
Padeken, sin embargo, pide más flexibilidad. «Si pudiéramos drenar temporalmente las tierras rehidratadas, sería más fácil experimentar», sugiere. Pero por ahora, cada agricultor evalúa meticulosamente los riesgos antes de tomar una decisión.
¿Cómo balancear la necesidad de proteger el medio ambiente con los medios de vida de los agricultores?
La respuesta no es sencilla. En el fondo, todos sabemos que el cambio es inevitable, pero el costo humano y económico es alto. Y, mientras tanto, la tierra sigue esperando.
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