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Él entró con los hombros tensos, la mirada baja, como si ya supiera que no iba a gustarles. Pete Hegseth. Secretario de Defensa. Ahí estaba, en el Capitolio, bajo las lámparas amarillas de una sala que huele a acuerdos mal digeridos. El martes. Mientras afuera, en algún punto del Caribe, cerca de aguas venezolanas, quedaba flotando el humo de una lancha hundida. Dos muertos. Dos cuerpos que nadie reclamó, al menos no de inmediato.
El video existe, nadie lo duda. Está. Guardado en una bóveda, encriptado, clasificado. Lo vio el almirante Bradley. “Adm. Frank ‘Mitch’ Bradley”, así lo nombraron en una reunión confidencial, horas antes de que el Senado aprobara la nueva ley de defensa. Lo vio, y no dijo nada. Solo asintió. O eso cuentan.
El Congreso ahora le exige a Hegseth: entrégalo. Todo. Las imágenes. Las órdenes. Nada censurado. Y si no lo hace, le congelan una parte de su presupuesto para viajar. Un cuarto. No es mucho, pero es un mensaje. Un dedo en el pecho. “Aquí aún mandamos nosotros”, dijeron, sin decirlo.
Y no es nuevo, no es nuevo lo de las órdenes dadas y no consultadas. Hace unas semanas —¿fue en noviembre? ¿octubre?— Trump detuvo el intercambio de inteligencia con Ucrania. Sin aviso. Y antes, la retirada de tropas en Europa oriental. También así: sorpresa. Silencio. Luego el caos. Ahora el Congreso quiere frenarlo. Literalmente. La ley exige que los aviones militares no puedan volar sin transmitir su posición. Pero hay una excepción. Un “resquicio”, como le llamó alguien. Justo el que usó ese helicóptero del ejército en enero. El que chocó sobre el Potomac. El que mató a 67 personas.
Cruz habló. Dijo que eso no debería pasar. Que esa exención fue la que provocó la colisión. No recuerdo bien sus palabras, pero algo así como: “fue eso, exactamente eso, lo que los mató”. Y tiene razón. O al menos la tuvo en ese momento, frente a las cámaras, con los ojos rojos.
Pero el bill pasó. 901 mil millones de dólares. Sí, con “b”. Subida de salario para las tropas: 3,8 por ciento. Nada mal. Y también: cero oficinas de diversidad en el Pentágono. Adiós al oficial jefe de inclusión. Adiós a los entrenamientos contra el racismo. “Purificación”, lo llamaron. Y 40 millones ahorrados, según los republicanos. También se fueron 1.600 millones de programas climáticos. Porque, claro, el cambio climático ya no es una amenaza. Al menos no en este gobierno.
Lo más raro fue lo de Siria. Las sanciones. Levantadas. Para siempre. Dicen que Assad ya no está. Derrocado. Y ahora celebran con tracas en Homs. Un tipo encendió una bengala en la plaza del reloj. Como si liberar sanciones fuera sembrar esperanza. Yo no lo veo así. No conozco bien a ese país, pero sé que no se reconstruye todo con una firma.
Y Ucrania… Sí, recibirá armas. 400 millones al año, por dos años más. Ironía: el mismo Congreso que le corta el presupuesto a quien no entrega videos, es el que ahora obliga a enviar misiles. Todo en el mismo documento. Más de 3 mil páginas. ¿Las ha leído alguien? Dudo.
Wicker dijo algo grandilocuente. Algo de “la mayor reforma en 60 años”. No sé. Tal vez. Pero yo solo veo que los acuerdos se hacen en la penumbra. Que las decisiones de guerra se toman lejos del ruido. Y que siempre, siempre, son los demás los que pagan.
¿Quiénes eran los de la lancha?
¿Contrabandistas?
¿Pescadores?
¿Gente que solo navegaba?
Nadie lo dice.
El video está ahí.
Pero nadie lo ve.
Aún.
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