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Estaba revisando un video en mi teléfono, a esta hora en que el silencio pesa más que el trabajo. Lo vi: un punto negro en el agua, apenas un resquicio de humo, y luego el impacto. Un zarpazo en medio del Mediterráneo. Nadie gritó. No había nadie allí, al menos no a la vista. Solo el Qendil, ese buque con bandera de Omán, navegando como si no llevara encima el peso de una guerra que no le pertenece.
Y sin embargo, sí le pertenece. O alguien decidió que le pertenece.
Ucrania no está solo peleando en casa. Hace semanas que sus manos, o mejor dicho, sus drones, se estiraron más allá del mar Negro. Primero fue un submarino ruso en Novorossiisk. Luego, embarcaciones en el Báltico. Ahora, esto: un ataque a más de dos mil kilómetros, entre Creta y Malta, en aguas internacionales. Un mensaje. Un cálculo frío. Los Servicios de Seguridad, el SSU, lo hicieron. No dijeron desde dónde lanzaron los drones, pero todos lo sabemos: probablemente desde otra nave, una especie de barco fantasma entre los fantasmas.
Porque el Qendil, justo él, formaba parte de esa flota que Occidente quiere hundir con papeles y sanciones. Barcos que desaparecen de los radares, que cambian de nombre, que navegan sin carga declarada. Este venía desde la India, sin petróleo a bordo, dicen, rumbo a la costa báltica de Rusia. Vacío, sí, pero aún así útil. Porque cada viaje cuenta. Cada ruta mantiene viva la red que alimenta a Moscú.
Putin habló. Dijo que esto no es guerra, es terrorismo. Que buscan encarecer los seguros, asustar a las navieras. Y tal vez tenga razón. Pero también sabe que no puede pararlo. Ya no. Porque ahora los Ucranios están en el Caspio atacando plataformas, en Kaliningrado minando barcos, y hoy, aquí, en el centro del mapa, recordándole al mundo que no están solo resistiendo.
Bueno… resistiendo sí lo hacen. Pero también atacan. Y cada vez más lejos.
Rusia respondió, claro. ¿Cuándo no ha respondido? Cuatro cargueros hundidos, o dañados, o asustados. Todos con trigo ucraniano a bordo. Y Odesa, pobre Odesa, bajo fuego otra vez. Porque si no puedes vencer en tierra, arruinas el puerto. Si no puedes parar el grano, quemas el camino.
Un funcionario ucraniano me dijo una vez algo que no olvido: “No necesitamos ganar. Solo necesitamos que ellos dejen de creer que pueden ganar”. No recuerdo bien quién fue. Tal vez del Ministerio del Interior. O del GUR. Qué más da. Lo importante es que hoy, con ese video oscuro y esa imagen del Qendil surcando el estrecho de Estambul hace unas semanas —antes de que lo alcanzaran—, uno entiende que ya no se trata de mejorar el balance. Se trata de romperlo.
¿Hasta dónde?
Esa pregunta no se responde con datos. Se responde con silencio. Y con el ruido de otro dron despegando en la oscuridad.
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