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Era casi medianoche cuando recibí el mensaje de una amiga de Caracas, médica, hace años en Boston. Me escribió: “Aquí una paciente me dijo hoy que va a dejar su insulina porque no puede pagar el deducible. No lo dijo llorando. Lo dijo cansada.”
En Nueva York, alguien teclea en healthcare.gov. La pantalla brilla en la penumbra. Es 19 de agosto de 2025, según la foto que no necesito ver: un monitor, páginas del sitio, dedos temblando sobre el ratón. No hay gritos, no hay cámaras. Solo esa quietud de quien calcula si sobrevivir vale el precio de un plan de bronce.
Los subsidios… esos que hacían respirar a millones… caducan. El Congreso no los renovará. No ahora. No con esa ley archivada, muerta antes de nacer en el Senado. Pero hay una petición. Cuatro republicanos moderados, o eso leí en algún lado, firmaron junto a demócratas. Votaría en enero. O algo así. No recuerdo bien los nombres.
Mientras tanto, el 15 de enero cierra la inscripción oficial. Febrero 1 es la fecha. Y si estás en casi cualquier estado, ya no puedes empezar en enero. Ese tren ya partió.
La gente busca otras puertas. Cualquiera.
Planes temporales. Así les dicen. Para transiciones. Para mudanzas. Para lo que sea… menos para enfermarse. Pero los venden como si fueran reales. Con redes, con doctores, con copagos. Pero no cubren emergencias, no cubren partos, no cubren fármacos. Y si tienes una condición previa… te excluyen. O te cancelan. Retroactivamente.
—Tenés que estar sano —me dijo una vez un agente, en otro contexto—. Muy sano.
Solo 36 estados los permiten. California no. Otros ponen trampas.
Y hay otros trucos. Indemnizaciones fijas. Pagos por día de hospital. Trescientos dólares. Quinientos. Pero si la cuenta es de treinta mil… el resto es tuyo. También preguntan por enfermedades previas.
Y luego, los planes de fe. Ahí sí, el dinero lo dan otros miembros. Nadie garantiza nada. Nada de reservas obligatorias. Nada de supervisión total. Algunos han caído por fraude.
—Es más barato —me dijo otra vez alguien, no sé quién, Nolan quizás—. Pero es mi último recurso.
Y los planes de la ACA… los de bronce… bajan la cuota mensual. Pero el deducible… casi ocho mil dólares. De promedio. En algunos casos, diez mil. Doce.
Una mujer en Oklahoma, de veinticinco mil al año, antes pagaba casi nada. Ahora… cien dólares. Y si elige bronce, tal vez pague menos cada mes. Pero si se rompe una pierna… no hay piso. Nada.
Los de catástrofe… antes solo para menores de 30. Ahora también para quienes pierden los subsidios. Pero no en todas partes.
Hablan de cuentas de ahorro. HSAs. Ahorras con impuestos bajos. Pero de nuevo: más útil si ganas bien.
Y hay quien prueba con planes grupales. Un negocio propio, un solo empleado. A veces, la esposa. Podría salir más barato. Pero no en todos lados. Las tarifas… revueltas.
Lo peor no es el costo. Es la trampa. Los sitios falsos. Los que parecen oficiales. La gente entra, piensa que está en healthcare.gov… y termina comprando algo que no es seguro. Que no es nada.
El gobierno sí pide: llene la aplicación. Aunque sea hoy. Revise los ingresos. Sabe cuánto puede pagar. Los subsidios no desaparecen del todo. Pero son más chicos. Y si ganas más de 62.600 dólares… ya. No hay nada.
Y paga el primer mes. Si no, no empieza.
No recuerdo si fue este año o el anterior cuando empezaron a llamarlos “seguros basura”. Políticos. Activistas. Los defensores de Trump dicen que son una opción válida.
Yo solo sé que alguien, en este instante, está eligiendo entre el deducible y la insulina.
Y que nadie debería tener que hacer eso.
¿O sí?
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