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Bueno… imagínate. Una docena de niños bajando de una camioneta en mitad de la noche, los ojos hinchados, ropa rota, agarrándose de la mano como si temieran que los volvieran a llevar. No gritan. No corren. Caminan despacio, como si el miedo aún les pesara en los huesos. Y al fondo, unos soldados, serios, sin decir nada. Así empezó todo. O mejor dicho, así terminó. Por ahora.
Fue en Papiri. Un poblado que no sale en los mapas, allá en el estado de Niger, en Nigeria. El 21 de noviembre —hace poco más de un mes— entraron hombres armados al internado católico de San Juan María Vianney. Así se llama, aunque muchos lo llaman St. Mary’s, como lo pronuncian rápido los periodistas en inglés. Allí se llevaron 315. Alumnos, maestros, personal. Un número redondo que duele. No todos volvieron de inmediato. Algunos escaparon durante el caos, cincuenta dijo la Asociación Cristiana de Nigeria. Cincuenta que corrieron entre matorrales y llegaron llorando a otra aldea, con las manos vacías y el alma peor.
Después, el silencio. Y luego, una liberación. El 8 de diciembre —hace más o menos una semana— soltaron a cien. Sin explicaciones, sin anuncios. Solo aparecieron. Como si los hubieran dejado en una esquina del camino. Luego, este domingo, otros 130. Los que faltaban. El ayudante del presidente Tinubu —no recuerdo bien el nombre, Bayo algo— dijo que fue una operación militar-inteligencia, algo así como una jugada en la sombra. Pero no dijo quiénes los agarraron. Tampoco quién los soltó. Ni cómo se negoció. Ni si pagaron.
Y eso… eso es lo que no encaja.
Porque en Nigeria esto no es nuevo, no es nuevo. Llevan años con estos secuestros. En el noroeste, los llamados “bandidos” —una palabra tan blanda para tanta sangre— entran a pueblos, queman casas, se llevan chicos para pedir rescate. En el noreste, desde hace más de una década, Boko Haram y sus derivados hacen lo mismo: atacan escuelas, desaparecen niñas. Las de Chibok… las de 2014… aún faltan muchas. Y ahora esto. Otro colegio. Otro ataque. Trescientos quince. Un número que no cuadra con milagro.
Hace unas semanas, el ministro de Defensa renunció. No dijo por qué, pero todos lo sabemos. Demasiados secuestros. Demasiado silencio. Y en diciembre, apenas, casi quinientas personas raptadas en catorce días. Lo dijo un diario local, no recuerdo cuál, pero el dato circuló. La inseguridad no da tregua. Y la educación… la educación se va a pique.
¿Libertad? Sí. Los chicos están libres. O al menos, físicamente. Pero no sabemos quiénes los secuestraron. Tampoco si hubo dinero de por medio. Ni si los que los liberaron lo hicieron por presión o por miedo. El ayudante del presidente habló de operación inteligente, pero no mostró armas, no dio detalles. Solo palabras. Y en este oficio, las palabras sin pruebas… son solo ecos.
¿Y los padres? ¿Qué les dicen a sus hijos cuando los ven temblar al escuchar un motor?
No sé. Pero me imagino a una madre abrazando a su niña, con fuerza, toda la noche. Y a la mañana, encontrando que la niña ya no duerme como antes. Que se despierta gritando. Que ya no quiere volver a la escuela.
¿Y la escuela? ¿Volverá a abrir?
Silencio.
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