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Un niño de seis años camina con una mochila dos tallas más grande, llena de pañales, pan duro y una foto de su abuela que no alcanzó a salir de Sisophon. La levanta cada dos horas, como si verificar que sigue ahí pudiera asegurarle que también ella sigue viva. Del otro lado del río Metk, en Surin, una mujer repite el mismo gesto con una bolsa de plástico azul: dentro, solo una cédula, un frasco de medicina vencida y una libreta donde anotó los nombres de los vecinos que ya no responden al grito.
Hace semanas —no recuerdo bien cuántas—, los helicópteros empezaron a rugir antes del amanecer. No son de combate, no exactamente. Son de reconocimiento. Pero cuando pasan tan bajo que se ven las facciones de los pilotos, ya no importa qué tipo sean. El miedo no distingue entre intención y efecto.
La reunión entre los cancilleres de Tailandia y Camboya no es nueva. No es nueva. Lo dicen todos los que han vivido más de tres décadas en esta zona: cada vez que alguien habla de “paz regional”, viene después un nombre en una lista, un pueblo borrado del mapa, un puente dinamitado que nadie pidió reparar.
ASEAN lleva meses intentando meterse en el silencio. Pero de qué sirve la mesa si los pueblos ya no confían ni en el silencio. En Phnom Penh, un exasesor del ministerio de Defensa —creo que se llama Vannarith— me dijo algo que no olvido: “Negocian líneas en mapas que nadie aquí dibuja. Nosotros marcamos nuestras fronteras con huesos, no con tinta”.
Y entonces apareció Trump. Sí, otra vez. Como una sombra corta que se proyecta cuando ya nadie la espera. Su intento fue breve, humillante. Alguien en Washington creyó que podía vender la paz como un acuerdo comercial. Firmó algo, gritó algo, se fue. Y la guerra, como si hubiera estudiado diplomacia, continuó como si nada.
Pero el frente no está en las capitales. Es en los barrios de refugiados improvisados en O Smach, es en los campamentos donde los niños juegan a disparar con palos y nadie les corrige porque tal vez, en unos años, ya no sea juego.
Phil Robertson, de derechos humanos —el tipo que trabajó con HRW en Bangkok—, me dijo una vez, más o menos: “Aquí no se violan derechos, aquí se eliminan. Uno a uno, como quien cancela deudas”. No sé si lo dijo exactamente así, pero suena cierto cada vez que leo un informe nuevo.
¿Qué hará falta? Nadie lo sabe. Pero todos lo sabemos.
Hace días vi un video: un ministro tailandés, impecable en traje oscuro, anuncia un “cese real del fuego”. Lo decía en inglés, en una sala con banderas. A kilómetros de allí, un campesino camboyano enterraba a su hijo con una hoja de palma por mortaja.
Y aún así, siguen hablando de “diálogo”.
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