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Lecornu bajó del avión con el traje apenas arrugado, como si quisiera demostrar que todo seguía en su sitio. Pero la costura ya estaba rota.
Habían pasado dos meses desde que lo pusieron allí, en ese cargo que huele a ceniza, donde cada nuevo primer ministro llega prometiendo consenso y se va en silencio, derrotado por los números que nadie quiere firmar. Barnier antes. Bayrou después. Y ahora él, midiendo cada palabra como si las próximas pudieran ser las últimas de su Gobierno.
No hay presupuesto para 2026. Nunca lo hubo. Lo que hay es un esparadrapo: una ley de servicios mínimos, un parche para que el Estado no se caiga mientras Francia finge que respira. Impuestos entran, salarios salen, pero nada más. No hay margen. Nada de recortes. Nada de aumento militar. Nada de nuevas contrataciones: 1.600 en Justicia, otras 1.600 en Interior, congeladas. Como si el país estuviera en coma administrativo, esperando un latido que no termina de llegar.
Macron volvió de Abu Dabi el lunes, después de pasar Navidad con los militares en Emiratos. Parece otro mundo, pero no lo es. Allá fuera, los fusiles, los desfiles, la solemnidad. Aquí, dentro, la discusión por centavos, por puntos decimales, por quién baja más la cabeza.
Los socialistas dijeron que sí a la ley de emergencia. Los ecologistas también. Los comunistas, igual. No porque crean en ella, sino porque todos sabemos qué pasa si el Estado se paraliza: las calles, después, se encargan de recordarlo. Pero en enero, cuando vuelvan a hablar de presupuesto, votarán en contra.
Porque la derecha no cedió. O al menos eso dice Olivier Faure. “Una derecha que rechaza todo tipo de compromiso”, algo así dijo, con esa voz entre cansada y furiosa, como la de quien lleva años pidiendo asiento en una mesa que siempre se mueve.
El 49.3 acecha. Claro que sí. Ese artículo constitucional que permite aprobarlo todo sin votación. Lecornu lo juró: no lo usaría. A cambio, los socialistas no lo censuraron. Pero los juramentos, en política, son como los pronósticos del tiempo en enero: cambian.
Y ahora, con el reloj corriendo hacia las elecciones municipales, a tres meses de que todo pueda estallar de nuevo, Lecornu tiene que decidir: romper su palabra o dejar que Francia siga viviendo del ayer.
Porque esto no es nuevo, no es nuevo. Un país entero esperando a que unos señores en traje acuerden lo básico, mientras afuera la gente paga la luz, el alquiler, el pan. Y la pregunta no es si habrá presupuesto en enero.
Es quién pierde mientras esperan.
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