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175 Greenwich St, New York, NY 10007
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La vieron caminando junto a él por la nieve, tomados de la mano. Una niña delgada, de rostro neutro, abrigo oscuro, pasos pequeños pero firmes. No dijo nada, claro. Nadie espera que hable. Pero estaba ahí, de nuevo, en cada foto, en cada encuadre oficial. Como si ya contara, como si ya tuviera nombre. Y eso, en ese lugar, no es un detalle.
Hace unas semanas —no recuerdo bien la fecha, creo que fue a principios de este año—, Kim Jong-un inauguró cinco hoteles en Samjiyon. Lujosos, dicen. Con baños termales, restaurantes, tiendas, todo bajo la sombra del monte Paektu. El sitio se supone sagrado: desde ahí, Kim Il-sung habría dirigido la lucha contra los japoneses. También dicen que Kim Jong-il nació allí, aunque los historiadores, esos que siempre se entrometen, afirman que en realidad nació en la Unión Soviética. Eso nunca importó. Lo que importa es la historia que se cuenta, no la que pasó.
Y ahora Samjiyon quiere turistas.
No es nuevo. No es nuevo. Desde 2014 Kim habló de convertirla en un destino, algo moderno, civilizado, con pistas de esquí y arquitectura que respete la naturaleza. Como si eso fuera posible en un régimen que todo lo controla, que todo lo construye para impresionar al que no está. El proyecto avanzó a golpes, entre sanciones, bloqueos, hambrunas silenciadas. Y ahora entrega hoteles vacíos. O casi. Porque ¿quién va a venir?
Los únicos que podrían llegar, en realidad, son chinos o rusos. No por espíritu aventurero, sino por acuerdos oficiales, por gestos diplomáticos disfrazados de ferias turísticas. El dinero es escaso, el aislamiento feroz, y estas obras no se construyen con ideología. Se construyen con divisas. Así que esto no es turismo. Es supervivencia. Es una puerta entreabierta, apenas, para que entre algo de aire extranjero. No el pensamiento, no la cultura. El dólar. El yuan. El rublo.
Mientras, ella lo acompaña. La niña. Ju-ae, creo que se llama. Tal vez doce años. Tal vez trece. No lo sabemos. Pyongyang no dice nada. Pero el silencio también habla. La vieron en Pekín, hace poco, en el desfile chino. Justo como Kim Jong-un fue llevado por su padre, hace una vida. Justo antes de morir. El mensaje no necesita palabras.
Bueno… todos lo sabemos.
En Seúl hay quien dice que es la mediana de tres hermanos. Que su madre es Ri Sol-ju, la esposa oficial. Pero no hay fotos de familia, no hay declaraciones. Solo apariciones. Visita tras visita. Acto tras acto. Cada vez más cerca, más visible. Como si la estuvieran enseñando. Como si la estuvieran probando.
Y entonces uno se pregunta: ¿para qué tanto hotel? ¿Quién va a quedarse en ellos si ni siquiera los ciudadanos norcoreanos pueden salir de sus pueblos? ¿Qué clase de turismo nace cuando todo está vigilado, cuando hasta el aire tiene control?
La respuesta está en otra parte.
No en los baños termales. No en el diseño arquitectónico, ni en las vistas al monte. Está en la niña. En su mano dentro de la de él. En la ausencia de hermanos mayores en escena. En el recuerdo de otro viaje a China, hace años, con otro hijo caminando detrás.
¿Y si no se trata de turismo?
¿Y si se trata de legitimidad?
¿Y si se trata de asegurar que, cuando caiga la siguiente generación, ya haya un nombre —un rostro, una silueta— que no necesite explicación?
Hablo con un tipo una vez, un ex diplomático que conoció Pyongyang hace años. Me dijo, más o menos: “Allá, los niños no juegan. Aprenden.”
No recuerdo bien cómo terminó la frase.
Pero me quedó.
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