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Malik Agar no miraba a cámara cuando habló. Estaba de pie en Port Sudán, rodeado de uniformes y trajes oscuros, pero su voz no tembló. Dijo algo así como que no hay tregua posible con un ocupante. Que no van a negociar con quien tiene las botas sobre el cuello de su gente. Y que la paz, si alguna vez llega, tendrá que pasar por el pueblo, no por los cuarteles del RSF.
Yo no vi el video completo. Solo lo escuché en un fragmento, mientras revisaba unas notas sobre el plan que presentó el primer ministro Kamil Idris hace unas semanas —creo que fue ante el Consejo de Seguridad de la ONU—, aunque no estoy seguro de la fecha exacta. Fue después de que tomaran El Fasher. Eso sí lo recuerdo bien.
El plan decía, más o menos, que el RSF tiene que soltar el territorio que tomó por la fuerza. Que sus hombres tienen que meterse en campos, entregar las armas, y solo después, si no tienen manchas de sangre fresca en las manos, podrían volver a la vida civil. Pero eso suena lejano. Muy lejano. Porque mientras tanto, el RSF sigue avanzando. Dicen que ya controlan Abu Qumra, en el norte de Darfur, y que se mueven hacia Um Buru. También sueltan vídeos con hombres armados hablando de liberación. De protección a civiles. Mentiras pulidas como piedras de río.
Hace unos meses, agencias humanitarias denunciaron que en Darfur están enterrando y quemando cuerpos. Masacres. Violencia sexual sistemática. Nada nuevo, no es nuevo. Pero ahora no hay quien grite lo suficientemente fuerte. El país entero es una herida abierta. Catorce millones de personas desplazadas. ¿Quién cuenta los muertos cuando no quedan manos para cavar tumbas?
Alguien en el gobierno habló de que esta guerra no es por democracia. Que es por recursos. Por cambiar el mapa demográfico. No recuerdo bien quién lo dijo, pero sonó a verdad cruda. Como cuando alguien apaga la radio y dejas de fingir que no estás escuchando el silencio.
El asesor de Hemedti —Al-Basha Tibiq, creo que se llama— dijo que esa propuesta de desarme es una fantasía. Como si la guerra tuviera reglas de política, no de fuerza.
Y claro, para ellos, que se mueven hacia El Obeid con cámaras rodando, todo sigue siendo posible. Mientras otros solo buscan agua. O un techo que no se derrumbe al primer disparo.
¿Hasta cuándo?
Porque al final no es solo quién tiene las armas. Es quién decide qué se recuerda. Y quién se queda fuera del mapa.
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