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Ella bebe agua del grifo. Como casi todos en Copenhague. Como muchos en Caracas, en Bogotá, en Ciudad de México. Agua que no se piensa, que se abre y cae, transparente. Nadie le pregunta al agua por su historia. Hasta ahora.
Hace unas semanas, no recuerdo bien, leí algo de un estudio danés: 8.842 niños con autismo, 43.864 sin diagnóstico. Buscaron patrones. Rastrearon la gestación. Y en algún punto de los mapas, apareció el litio. No el litio de la batería del celular. Ni el litio de las pastillas para la depresión. El otro: el que viaja disuelto, silencioso, en el agua potable.
No es nuevo, no es nuevo. Se sabe desde hace tiempo que está ahí, flotando. En partes diminutas. Pero ahora lo han visto como agente posible, no inocente. Cuando más litio en el agua, más posibilidades —moderadas, sí— de que un niño nazca con trastorno del espectro autista. Un 46% más de riesgo en el grupo de mayor exposición frente al de menor.
Pero ojo: no es causa. No se puede decir eso. No todavía. El propio coautor, una doctora de UCLA —creo que se llama Beate Ritz— lo dijo: esto requiere más estudio. Repetirlo en otros países. Ver si se repite la sombra.
Aquí lo importante no es el litio como villano. Es la pregunta que deja plantada en el aire: ¿qué más llevamos adentro sin saberlo? Porque el litio también se ha vinculado, extrañamente, con menos suicidios, con menos hospitalizaciones psiquiátricas. Mismo compuesto. Distinto efecto. ¿Cuál es entonces el umbral? ¿Cuándo lo que sana empieza a herir?
Hubo otro médico, de Cleveland quizás, que señaló algo tenso: mujeres embarazadas con trastorno bipolar toman litio en dosis altas. Y no se ha visto que tengan más hijos con autismo. Entonces… ¿cómo explicar que una cantidad tan pequeña, en el agua, sí pueda influir? No cierra. O no cierra todavía.
Y uno piensa en Venezuela. En los ríos que cruzan zonas mineras. En el agua que baja de las colinas cargada de cosas que nadie mide. No hay regulación del litio en el agua en Estados Unidos. Mucho menos aquí. Nadie sabe los niveles. Nadie los controla. Es como respirar: lo haces, y ya.
También hay otras huellas: pesticidas, contaminación del aire, ftalatos. Todos relacionados, de lejos, con el autismo. Pero nadie puede señalar con certeza. Siempre es una correlación. Nunca una sentencia.
La verdad es que no sabemos casi nada. A las 2 a.m., con el café frío, uno sólo sabe eso: que el cuerpo es un archivo de lo que el mundo le ha puesto. Y que hay decisiones —sobre lo que entra en el agua, en el aire, en la comida— que se toman lejos, en silencio, sin preguntar.
Y si el autismo aumenta… ¿es por más diagnósticos? ¿O porque algo en el mundo ya no nos deja nacer igual?
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