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Aidarous al-Zubaidi, sentado en Nueva York bajo las luces frías de la Asamblea General, hablaba tranquilo. Como si no tuviera a medias guerra en el sur de Yemen, como si Adén no hubiera amanecido con el palacio presidencial en nuevas manos. La foto es reciente, pero la historia no. No es nueva, no es nueva. Solo que ahora ardió.
Hace unas semanas —no recuerdo bien la fecha, pero sí el tono de voz del oficial yemení que lo mencionó de paso—, las tropas saudíes se retiraron de sus bases en Adén. No con bombo, no con desfile. Silencio. Un estrategia de “reposición”, dijeron. Palabras que siempre esconden más de lo que dicen. Y mientras tanto, el Consejo de Transición del Sur, el STC, avanzaba. Tomó Hadramout, tomó Mahra, tomó PetroMasila, la mayor empresa petrolera del país. Y luego, también, el palacio.
Todo esto con el respaldo financiero y militar de Emiratos Árabes. Eso no se discute. Lo que importa es que Emiratos, después de semanas de movimientos, anunció que se retiraría de Yemen. Fuera. Como si hubiera pasado página. Pero no fue un gesto de paz: fue una declaración ambigua, algo así como que el territorio yemení debe ser decidido… por los propios yemeníes. No recuerdo bien cómo lo dijo, pero sonaba a puerta entreabierta.
Lo que se vino abajo fue el equilibrio ficticio. Desde 2022, el fuego había bajado. No por acuerdos firmes, sino por agotamiento. Los hutíes, que controlan Sanaa, habían pactado con Riad un alto al fuego tácito: ustedes no atacan Arabia, nosotros ya no bombardeamos sus ciudades. Y todo seguía, tambaleante. Hasta que el STC, el mismo grupo que ocupa el sur y tiene a Zubaidi como líder —ese hombre en la foto, vicepresidente del Consejo Presidencial pero también jefe de una fuerza separatista—, decidió moverse. Tomó el petróleo, tomó la frontera con Omán, tomó el poder que ya creía suyo.
Y Arabia, entonces, bombardeó. No a los hutíes. A Mukalla, puerto clave, apuntando a un cargamento de armas que venía de Emiratos. Como una advertencia. Aquí no entran balas por ahí, dijo Riad sin decirlo. Pero ya era tarde.
Lo que nadie nombra con claridad es la fractura entre aliados. Riad y Abu Dabi, juntos contra los hutíes, juntos en nombre de la estabilidad, ahora compiten. No solo por influencia en el sur del Yemen, sino por rutas comerciales, por control del estrecho de Bab el-Mandeb, por quién domina el comercio entre el Mar Rojo y el Índico.
Hay un precedente —todos los sabemos, aunque nadie lo diga—: la guerra no acaba, se transforma. Primero fue contra una milicia. Luego fue un laberinto. Y ahora es un ajedrez entre poderes del Golfo, con el pueblo yemení en el tablero, no en la mesa.
¿Qué va a pasar con Hadramout? Con su petróleo, con sus tribus que primero se alzaron contra el gobierno exigiendo servicios, y luego fueron apoyadas por Arabia… para ser desplazadas por otro grupo, también respaldado por el Golfo, pero distinto.
Y mientras, el silencio. El del café frío en Doha. El de los editoriales que no se escriben. El de las voces del sur que piden autodeterminación desde 1990, desde antes. No como excusa. Como memoria.
¿Hasta dónde va a llegar esta partida entre países que se dicen aliados?
No sé. Pero sé que el fuego ya no es solo del norte. Ahora quema en el sur. Y no viene de los hutíes.
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