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175 Greenwich St, New York, NY 10007
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La primera ciudad del mundo en ver el año nuevo tiene cinco mil almas, y no va a hacer nada. Nada que merezca ser grabado, al menos. Kiritimati —sí, así, con la k y sin s— es un puñado de tierra en el Pacífico que cada 31 de diciembre carga con un título absurdo: el comienzo del tiempo nuevo. Pero allá, donde el cielo se rompe con el alba a las once de la noche hora GMT, no hay ruido, no hay pantallas gigantes, no hay cámaras de cable. Solo gente que duerme, y un par de gallos que no entienden de transiciones calendáricas.
Más al sur, en Auckland, las calles ya están bloqueadas. El Sky Tower, ese clavo de metal clavado en el corazón de la ciudad, se iluminará con fotos que mandaron los habitantes durante el año: bodas, bebés, perros, atardeceres. Como si la memoria colectiva pudiera resumirse en diapositivas proyectadas sobre acero. A las once de la noche, hora GMT, empiezan los fuegos. Un show de luz y sonido en el puente, y luego, el estallido. Toda la ciudad sabrá el momento exacto en que el año se cambia, porque lo va a sentir en el pecho.
En Wellington, tocarán música en vivo junto al lago artificial del centro. Gente con abrigo, cerveza en mano, niños que no van a entender por qué deben esperar hasta la medianoche. Allá también será una fiesta. Pero no es solo una fiesta.
Dos horas después, cuando Nueva Zelanda ya esté adentro del 2026, Sydney estará conteniendo la respiración. No porque espere el año nuevo, sino porque espera el silencio. A las once en punto de su hora local —la medianoche GMT—, el puente se iluminará de blanco. Un minuto de quietud. Nadie gritando, nadie cantando. Solo luces, y el recuerdo de una fiesta judía en Bondi Beach, y quince muertos. Nadie dice bien por qué pasó, pero todos saben cuándo: fue en diciembre, fue frente al mar, fue bajo el nombre de una celebración antigua. Ahora, el fuego del año nuevo será doble: uno de alegría, otro de duelo. Más de un millón de personas verán cómo explota el cielo, pero lo harán después de callarse por un minuto. Como si el ruido pudiera redimir el ruido.
Y luego vendrán los fuegos en Brisbane, en Melbourne, en Adelaide. Y todo el mundo hablará de las toneladas de cohetes, de las transmisiones en vivo, de los turistas que se amontonan como sardinas. Pero nadie dirá mucho de American Samoa, la última en apagar la luz del 2025. Allá también habrá gente, también habrá madrugadas, también habrá hijos preguntando cuándo empieza el nuevo año. Pero no habrá transmisión. No habrá Reuters. No habrá nadie mirando.
Y así, el Pacífico carga con todo: el primero, el último, el que abre, el que cierra, el que celebra, el que llora. Como si el tiempo siempre pasara por los mismos, y nunca por los mismos.
¿Quién decide, entonces, cuándo empieza el mundo?
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