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Azna, corazón roto del oeste.
Un muchacho —no sé cómo se llama, creo que Farshid, o tal vez Farnaz, qué importa el nombre cuando ya no está— murió con una piedra en la mano y una bala en el pecho. No era un soldado. No tenía arma. Solo tenía hambre, y rabia, y veinte años como todos los que se queman en la calle cuando el pan cuesta más que el orgullo.
Las cámaras, las que no están rotas, grabaron fuego en la avenida. No fuegos artificiales. No celebración. Casas bancarias con las ventanas destrozadas, coches ardiendo como ofrendas funerarias. Y en el audio, una voz de mujer gritando: ¡vergüenza! ¡vergüenza! No sé si era su madre. No sé si vio caer a su hijo. Pero ese grito, ese shameless, repetido en inglés en los videos, ya no suena a traducción. Suena a moneda común. A lenguaje universal del hambre.
En Lorestan, tres muertos. En Lordegan, dos. Y un Basij también muerto. Veintiún años, dijo el gobernador. Joven como los que tiran piedras. Joven como los que disparan. Todos hijos de madres que cocinaron para ellos hace años, antes de que el país se convirtiera en un campo minado de promesas incumplidas.
El presidente habla ahora de “demandas legítimas”. Qué palabra tan limpia para tanta mugre acumulada. Dijo eso mientras la televisión estatal transmitía su cara en directo, con esa luz fría que hace parecer a todos los políticos de cementerio. “Desde una perspectiva islámica… si no resolvemos lo de la vida cotidiana, vamos al infierno”, dijo. Casi se le quiebra la voz. O fue la iluminación. No lo sé. Lo que sí sé es que nadie en Azna tiene tiempo para teología. Necesitan pan. Necesitan gasolina. Necesitan poder respirar sin que les digan cuánto.
Hablaron de diálogo. Una portavoz, Mohajerani, algo así se llama, anunció reuniones con comerciantes. Sin dar detalles. Claro. Como si los detalles no fueran todo. Como si no fuera ahí, en los detalles, donde se esconden los acuerdos, los favores, las cuentas en sucursales que no existen.
Y mientras, siete personas detenidas. Tasnim —esa agencia que siempre sabe demasiado, demasiado rápido— dijo que eran agentes de enemigos en Europa y Estados Unidos. Siempre hay un enemigo afuera. Fácil. Cómodo. Cuando el verdadero enemigo es el dólar negro, el subsidio que no llega, el contrato que se roba mientras el almacén se vacía.
Lo más raro es el silencio del frío. Dicen que cerraron bancos por el invierno. Falta de energía. Mentira blanda. Todos lo sabemos. Esos días extra sin trabajo no son por el clima. Son para que la sangre se enfríe antes de que los estudiantes vuelvan.
Porque los estudiantes ya entraron. Al menos diez universidades. Empezó en Teherán, tranquilo. Luego llegó el fuego. El fuego siempre llega.
Y en el fondo, esta no es una crisis nueva. No es nueva. Es la misma desde hace años, desde Mahsa, desde antes. Desde que el castigo por vivir mal es morir peor.
Pero hay una pregunta que no me deja dormir: ¿cuántos cuerpos más hacen falta para que un gobierno entienda que la calle no se calma con diálogo, sino con justicia?
No lo sé.
Y no sé si quiero saberlo.
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