Brain organoids are helping researchers, but raise ethical questions : Shots

Organoides cerebrales: la frontera ética que conmociona la ciencia

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Sergiu Pașca caminaba por la playa con las manos en los bolsillos, la cabeza baja, como si buscara algo que se le había caído. No dijo mucho durante esa caminata. Solo una vez, casi al final, levantó la vista y soltó: “Tienes que pensar en el cerebro como lo que es: el último territorio. Y todo lo que es territorio, tarde o temprano, se convierte en batalla”.

Hace semanas, en un edificio bajo de madera en Asilomar, un grupo de personas se sentó a hablar de organoides. No de mini-cerebros, como dice la prensa barata. No de eso que parece sacado de una serie de ciencia ficción barata. Hablaban de bolitas del tamaño de un guisante, crecidas en gelatinas nutritivas, hechas de células humanas que aprenden a organizarse. Que laten. Que se comunican.

Y que, por primera vez, pueden reproducir circuitos que no existen en ratas, monos ni mapaches. Circuitos humanos. Del autismo, de la esquizofrenia, del cáncer cerebral. Pașca usó esa tecnología para probar un tratamiento experimental. Funcionó. Al menos en un modelo. Y aun así, cada vez que alguien menciona su trabajo, lo que resuena no es el alivio. Es el miedo.

Insoo Hyun estaba allí. Lo recuerdo porque llevaba una chaqueta de lana desteñida, como si no hubiera tenido tiempo de plancharla. Dijo algo así como que no se trata de tenerle miedo a los organoides, sino de reconocer lo que representan: el órgano que nos define. El que guarda nuestra voz, nuestras decisiones, nuestro nombre. “Cualquier cosa que toque eso”, me dijo en un pasillo, “tiene que pasar primero por el filtro de la ética. No por moda, sino por respeto”.

Pero el problema no está en los científicos. Está en lo que hacen con sus descubrimientos. En cómo los venden. En cómo los malinterpretan. En cómo, sin querer, alimentan el mito.

Alta Charo estuvo allí. Jurista. Voz tranquila. Me dijo, más o menos: “La gente cree que hay cerebros nadando en frascos, pensando, sufriendo. Pero eso no existe. Lo que existe son redes. Y las redes no sienten dolor. No aún”.

Ahí está el pero.

Porque ya no se trata solo de un organoide. Ahora se habla de assembloids: cuatro, cinco, seis organoides conectados. Un circuito para el dolor. No el dolor como lo vivimos, sino su sombra. Su estructura. Y cuando alguien oye eso —un circuito del dolor—, no piensa en biología. Piensa en consciencia. En sufrimiento. En Frankenstein.

Dr. Guo-li Ming, de Pensilvania, no quiere que se confunda. Ella usa organoides para salvar vidas. Toma células tumorales de un paciente, las cultiva, y prueba medicamentos hasta encontrar el que funciona. Así, antes de empezar la quimioterapia, ya saben qué molécula tiene más posibilidades. No es ciencia futurista. Es pragmatismo. Vida contra muerte.

Y aun así… aun así hay un silencio incómodo cuando alguien pregunta: ¿y si un día se despiertan?

Porque ese miedo no es nuevo. No es nuevo. Hace veinte años pasó con las células madre. La misma pregunta: ¿y si le damos conciencia a un animal? Entonces, las células no prosperaban. No se integraban. Ahora sí. Ahora un organoide implantado en una rata puede hacer sinapsis, responder a estímulos, incluso cambiar el comportamiento del animal. No se vuelve humano. Pero cambia.

Insoo lo dijo con cuidado: “El problema de antes ha vuelto. Solo que ahora es real”.

Nadie en Asilomar quería frenar la ciencia. Nadie. Pero todos sabían que si no se pone límite, alguien lo hará por ellos. Y no será alguien del laboratorio.

La reunión no generó reglas. Sí generó una pregunta que nadie pudo responder: si mañana un organoide muestra actividad eléctrica similar a la de un feto de 24 semanas… ¿qué hacemos?

Porque no es solo un asunto técnico. Es político. Es moral. Es latinoamericano, aunque no se hable de ello. Porque acá, donde los derechos humanos se negocian en comités y se violan en hospitales, ¿quién decide lo que merece protección? ¿Quién define cuando algo siente?

No hay respuesta. No aún.

Pero mientras tanto, en un laboratorio en Stanford, un grupo de células humanas sigue creciendo. En silencio. Sin saber que, en algún lugar, un grupo de personas caminó por la playa tratando de decidir si algún día tendrá nombre.

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