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La pelota entró por el ángulo corto, sobre la línea de gol, después de que un muchacho de diecisiete años, nacido en París pero con sangre senegalesa por parte de padre, corriera tras un pase largo como si ya supiera que iba a pasar. Como si el destino de ese partido ya estuviera escrito en los tobillos de los que han sufrido el exilio, la guerra, el desgarro.
El portero sudanés, Monged Abuzaid, salió mal. Quizás lo vio tarde. Quizás no esperaba que a esa altura, en ese momento, con el partido ya inclinado, todavía faltara una sentencia. Pero Mbaye llegó. Y definió. Y selló.
No fue un gol cualquiera, no. Fue el de un chico que eligió representar al país de su padre, no al de su nacimiento. Uno más en la larga lista de hijos de la diáspora que juegan por tierras que nunca pisaron con libertad, por camisetas que cargan en la espalda como un deber histórico. ¿Habrá pensado, antes de entrar al campo, en los ojos de algún primo en Dakar? ¿En los tíos que huyeron en botes de pesca entre la costa y las islas Canarias? ¿En los que no llegaron?
Senegal ganó. Claro que ganó. Con goles de Pape Gueye, uno en cada tiempo, y ese tercero que Mbaye clavó como clavo caliente. Pero no fue un partido de fútbol como los de antes. No esta vez.
Sudán llegó al partido con la camiseta manchada de algo que no era sudor. Jugaron con un país ardiendo en la espalda. Desde abril de 2023, su nación se desangra en una guerra civil sin nombre claro, sin vencedores visibles, con millones desplazados y ciudades reducidas a polvo. Y aún así, se clasificaron entre los mejores terceros. Sin anotar un solo gol propio en la fase de grupos. Solo un autogol les dio la vida.
Abdallah, el delantero, marcó apenas en el minuto seis. Semi-profesional. Juega en una segunda división australiana, en Melbourne. Hizo un gol perfecto: entró por dentro, controló con el pecho, definió con zurda por encima de Mendy. Un ex del Chelsea, cuya sombra cubre los intentos de uno que apenas tiene contrato estable.
Y después, nada. Solo resistencia. Abuzaid se lanzó, se estiró, se quebró. Contuvo al menos tres claras del equipo más fuerte del continente. Pero no alcanzó.
Motsepe, el presidente de la CAF, miraba desde la tribuna. Bien acomodado. Con aire acondicionado. Como siempre.
Senegal hizo seis cambios respecto al último partido. Koulibaly, el capitán, no jugó. Suspendido. Como si el orden jerárquico también se aplicara en la ausencia.
Y el VAR intervino. Claro que intervino. Anuló un penal y luego un gol por fuera de lugar. El árbitro, de Mauritania, dudó. Dudó demasiado. Como si no tuviera autoridad, como si esperara una orden desde otro sitio.
Pero al final, los datos dicen lo que siempre dicen: Senegal está 99 puestos arriba en el ranking FIFA. Era, dicen, un resultado previsible.
Previsible.
Como si la pobreza fuera previsible. Como si la guerra fuera un destino. Como si los que nacen en ciertos lugares ya tuvieran escrita su derrota, aunque por un instante, fugaz, hayan alegrado a una nación entera con un gol en Marruecos, en el frío de enero, con el continente entero mirando hacia otro lado.
Todos lo sabemos. No es nuevo. No es nuevo.
Hace unos años, un jugador sudanés me dijo —no recuerdo bien su nombre, pero era delantero, como Abdallah— que entrenaban sin botas porque se les rompían. Que jugaban con sueño porque no comían bien. Que soñaban, sí, pero no con ganar copas, sino con que sus madres durmieran sin tener que huir.
¿Y ahora?
Ahora, Senegal va a octavos. O cuartos. No importa. Jugará contra Mali o Túnez. El fútbol seguirá. Los reflects brillarán. Las cámaras buscarán rostros de gloria.
Y Sudán se irá. Silenciosa. Como llegó.
Sin festejos. Sin camisetas vendidas. Sin contratos millonarios.
Solo con la dignidad de quienes pierden, pero no se rinden.
¿Cuántos Abuzaid hay por ahí? ¿Cuántos Abdallah? ¿Cuántos que juegan con el alma rota, pero siguen corriendo?
No se sabe.
Pero están.
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