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El primer ministro de Groenlandia salió del parlamento en Copenhague con el rostro neutro, como si acabara de posar para un retrato oficial y no para la historia. Las fotos fueron rápidas, en la escalinata, con ese aire burocrático que suelen tener los gestos cuando se repiten demasiado. Luego, alguien le gritó una pregunta. Sobre Trump. Sobre la anexión. No levantó la vista. Siguió caminando. Dudó medio segundo antes de doblar la esquina, y en ese instante —breve, muy breve— pareció buscar una salida que no fuera la que ya conocía.
Dijo que no tenía comentario. O no dijo nada. Alguien juró que movió los labios, pero el viento se lo llevó. Hace frío en enero en Copenhague, y las palabras suenan distintas allí, como si no quisieran comprometerse.
Groenlandia no es una colonia, oficialmente. Pero el dinero que llega de Dinamarca tiene condiciones. Y el interés de Estados Unidos no empezó con Trump, aunque él lo dijera como si fuera una oferta inmobiliaria: «Un buen precio, en efectivo». Eso fue en 2019. Ahora, en 2026, vuelve el tema, pero sin micrófonos presidenciales. Sin tuits. Solo silencios.
Me acuerdo de un geólogo groenlandés, hace unos años, que me dijo —más o menos— que las minas que nadie explota no están vacías. Están a la espera. “El hielo se derrite, y el mundo mira abajo”, me dijo. “Pero no mira quién vive arriba.” Creo que se llamaba Ole. O tal vez no. La memoria es mala con los nombres que no te convienen.
Lo que está en juego no son seis mil kilómetros de costa con fiordos que parecen tajos. Ni siquiera es el uranio, el grafito, las tierras raras que duermen bajo el permafrost. Es la capacidad de decidir. De decir no. De que un no tenga peso.
Trump no es el primero en ver un territorio donde otros ven un pueblo. En América Latina lo hemos visto tantas veces que ya no duele: duele más el cansancio de repetirlo. Un gobernante que habla de compra, de control, de estrategia, mientras los niños de Nuuk aprenden danés antes que inuktitut.
¿Por qué ahora?
No se sabe.
Pero hay movimientos. Contratos. Visitas diplomáticas que no se anuncian. Un buque oceanográfico estadounidense, hace unas semanas, entró en aguas del norte de Groenlandia. Oficialmente, para mapear el lecho marino. Científicamente. En realidad, todos lo sabemos, el fondo del mar también tiene dueños. Y apellidos.
El primer ministro no respondió. No hizo falta. Su silencio fue una respuesta. Y su silencio, también, fue entrenado.
¿Qué pasará cuando ya no haya hielo que tape lo que todos quieren?
Nadie lo dice.
Pero en los mercados de futuros, en las salas de inteligencia, en los despachos donde no hay ventanas… ya están apostando.
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