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Alex Pretti sostenía un teléfono. No un arma. Con la mano derecha grababa. Con la izquierda, levantada, intentaba proteger a una mujer. Estaba siendo rociado con gas pimienta. Caía al suelo. Y aun así, dispararon. Diez tiros, al menos. En la espalda. Mientras otros agentes ya le habían desarmado —si es que llevaba un arma, cosa que no se ha comprobado— y se apartaban con ella.
Hace dos semanas, Renee Good, madre de tres, ciudadana estadounidense, murió también bajo el fuego de un agente migratorio. En Minneapolis. Ciudad que no ha pedido esta guerra. Pero la tiene.
Tim Walz, gobernador de Minnesota, no gritó. Habló como quien ya no cree en los rituales: «¿Cuál es el plan, Donald? ¿Qué plan?». No esperaba respuesta. Solo mostraba el vacío. Detrás de él, mil personas en la calle. El frío de enero clavándose en los huesos. Carteles contra ICE. Gritos por Pretti, por Good. Por todos los que no aparecen.
Walz exigió la retirada de tres mil agentes federales. «No entrenados», los llamó. Un detalle brutal: no dijo «ilegales», dijo «no entrenados». Como si lo más grave no fuera su jurisdicción, sino su ineptitud para manejar el poder de matar.
Pero Trump ya había tuiteado. Habló de «caos demócrata», de ciudadanos asesinados por proteger a criminales indocumentados. Su versión: Pretti era un tirador. Un asesino. Un peligro. Y los agentes, víctimas.
Las imágenes dicen otra cosa.
Thomas Warrick, ex DHS, dijo algo que suena a epitafio: hay gente que no ha hecho más que estar aquí sin permiso. Eso es todo. No violencia. No delitos graves. Solo existir en el lugar equivocado, con el color equivocado, bajo el gobierno equivocado.
Keith Ellison, fiscal de Minnesota, fue más directo: si fuera fraude, mandaría contadores. No hombres armados con pasamontañas.
Porque eso es lo que hay. Hombres enmascarados. Agentes federales. Presencia de ocupación. En una ciudad con una de las comunidades somalíes más grandes del país. Y con reportes conservadores —amplificados por Trump— sobre supuesto fraude. Nada comprobado. Mucho alboroto.
Arshad Hasan lo resumió así: esto no es control migratorio. Es ocupación.
Y ahora, los padres de Alex Pretti. Su hijo no era un criminal. Era enfermero en una UCI. Salvaba vidas. Murmuraron «mentiras asquerosas» al oír que lo llamaron «asesino». Y repitieron: tenía un teléfono en la mano. Nada más.
Blanche, subfiscal federal, dijo que no sabía si le habían quitado ya el arma cuando lo mataron. Nadie lo sabe. Por eso investigan.
Claro. Investigarán.
Como investigaron en Ferguson. Como investigaron en Portland. Como siempre investigan después del último tiro.
Pero mientras, los agentes siguen ahí. Armados. Enmascarados. Con licencia para matar y luego inventar la historia.
¿Cuándo se vuelve ilegal obedecer?
El teléfono de Alex Pretti sigue grabando. Aunque él ya no.
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