EL PAÍS

Récord de consumo de antidepresivos en Rusia: crisis y guerra disparan alerta sanitaria

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Hay una foto, sí. Pero no importa la imagen. Lo que importa es lo que ella no muestra: el silencio después del timbre de la farmacia, el momento en que el tipo duda antes de decir el nombre del medicamento. El tipo que ya no duerme, que camina por los pasillos de un apartamento en San Petersburgo donde su hijo dejó la mochila colgada de la silla, como si fuera a volver. No volvió. Murió en Jersón. O en Bajmut. O en algún lugar del que no se puede pronunciar el nombre sin que la policía te llame horas después.

La gente allá empieza el día con una pastilla. No con el café. Con una pastilla que calme la ansiedad de saber que el marido firmó por dos años en la industria de defensa —sí, esa industria—, que lo pagarán bien, que tendrá un bono, que si muere, la viuda recibe dinero y un papel que dice “héroe de la patria”. Pero no hay consuelo en el papel. Solo una deuda emocional que no tiene moneda.

Hace unas semanas, alguien me dijo —creo que era un médico en Kazán, pero no recuerdo bien el nombre— que ahora ven más pacientes con síntomas de guerra que de enfermedad. No son casos clínicos tradicionales. Son cuerpos rotos por la espera, por los mensajes que se cortan a mitad de la noche, por los funerales sin cuerpo. Dijo algo así como: “No es depresión. Es duelo constante”.

Y los fármacos suben: el Zoloft, la fluoxetina. Nombres que no se pronuncian, se susurran. El más vendido no es local. Es estadounidense. Patente de Viatris. Ironía: el enemigo en la radio, el enemigo en la pastilla. La misma compañía que en Madrid vende el medicamento por 21 euros, lo vende allá por 6,5. Pero 6,5 rublos no son nada. Son 600 rublos. Y para alguien que gana 83.000 al año —920 euros mensuales—, ese gasto se repite, mes tras mes. En Moscú, sí, ganan más. 1.100 euros. Pero también pagan más el miedo.

La guerra no está en la frontera. Está en la cocina. En la receta que el farmacéutico entrega sin hacer preguntas. En los 22,3 millones de envases vendidos en 2025. En que en 2019 eran menos de 8. No es nuevo, no es nuevo. La medicalización del sufrimiento es vieja. Pero nunca había sido tan masiva. Nunca había estado tan coordinada con una máquina de propaganda que dice “ganamos” mientras los hospitales psiquiátricos se llenan.

Una médica de Madrid —especialista, no recuerdo bien el nombre, pero sí su voz— me dijo por teléfono que los antidepresivos no son el problema. El problema es usarlos como parche. Que antes debería venir la terapia. Pero allá, la terapia no está. O está prohibida. O el psicólogo desapareció después de decir que la guerra generaba trauma colectivo.

Y encima, hay dinero. Mucho. 20.500 millones de rublos movidos en un año. Un negocio. Que crece. Que se alimenta de la guerra, de la inflación, de los reclutas que cobran más de 200.000 rublos al mes —una fortuna, sí—, pero que firman por morir. No por patriotismo. Por los 352.000 muertos que nadie cuenta, pero todos conocen.

No se sabe bien cuántos están afectados. Pero se sabe que cada pastilla es una rendición silenciosa. Una admisión de que no se puede seguir sin ayuda química. Que el Estado no cura. El Estado recluta. Y la farmacia, en silencio, limpia las heridas que no sangran.

¿Cuántos toman antidepresivos por miedo a perder a alguien… y cuántos, porque ya lo perdieron?

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