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En Mekelle hace frío a esta hora, pero no es el frío de la montaña lo que hiela: es el de la espera. Mustafa, el abogado, me dijo anoche por teléfono —voz baja, como si alguien escuchara— que en la ciudad ya nadie duerme entero. Que cada camión que pasa, cada helicóptero lejano, se analiza como señal. No hay ley, no hay banco, no hay mercado. Solo colas imaginarias, formadas ya en la mente de la gente, por si hoy toca huir otra vez.
Y eso que el acuerdo de Pretoria ya firmó hace rato. Dos años. Pero allá abajo, en las calles que aún no repusieron, el polvo no se ha asentado. El TPLF se partió como una roca seca, y ahora hay dos, tres, diez versiones de sí mismo. Nadie sabe cuál es la oficial. Ni falta que hace: mientras los de arriba discuten, los de abajo compran medicina por cajas. Diabéticos, hipertensos, los que no pueden esperar. Guardan insulina debajo de la cama, pan, combustible. Todo lo almacenable. Porque ya saben cómo empieza: primero el bloqueo, luego el hambre, después el silencio.
El petróleo subió cincuenta birr en un día, luego setenta. No recuerdo bien cuánto costaba antes, pero el taxista Gebre —sí, ese que fuma sin parar frente a la estación— dijo que si sigue así, pronto tendrá que pedirle permiso al depósito para encender el carro. No bromeaba. Nada de eso es broma aquí.
Y mientras tanto, soldados en la frontera norte. No solo los de Etiopía. También hay quienes juran que ven uniformes distintos, rostros de aire eritreo. Shabia, la vieja sombra, se mueve otra vez, dicen. Amdom, del grupo Arena Tigray, afirmó que están infiltrados, que ya no es solo apoyo logístico, sino inteligencia. Muchos. Listos.
Pero ¿quiénes son realmente los enemigos esta vez? Porque Eritrea niega todo. Y el gobierno etíope acusa, pero no prueba. Y el TPLF dice que no, que son calumnias. Y mientras, los tanques se posicionan. Abiy, en su discurso con el turco, habló de «prisión geográfica». Lo dijo suave, diplomático. Pero en Asmara lo oyeron como amenaza. Y con razón: Port Assab está a setenta y cinco kilómetros del límite. Eritrea la defiende como si fuera su útero. Después de la guerra de los noventa, después de las trincheras, después de los muertos, no van a ceder sin tiroteo.
Plaut, el analista británico, no cree en la marina. Dice que Abiy habla del mar para no hablar de los amhara, de los oromo, de los tigrayos descontentos con sus propios jefes. Que es una cortina. Como Trump con Groenlandia. Pero aquí no hay risa. Aquí hay gente que ya perdió todo una vez.
Y ahora, ni siquiera pueden entrar los periodistas. Un tipo de AFP no subió al avión. Le dijeron que necesitaba autorización del exterior. Hoy. O ayer. No saben. No hay norma escrita. Es como antes: la censura no se anuncia, se impone. DW, Reuters, BBC —a todos los fregonaron las acreditaciones. Cinco periodistas presos, según Reporteros Sin Fronteras. Y el mundo mira en otra dirección.
Turk, el de la ONU, pidió diálogo. Palabras bonitas. Pero en Tigray ya conocen el valor de las palabras después del silencio del mundo.
¿Habrá guerra?
No lo sé.
Pero el miedo no miente.
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