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175 Greenwich St, New York, NY 10007
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El hombre cargaba una pala en una mano y, con la otra, sostenía el marco de la puerta como si temiera que la casa se fuera a caer. No se caía. Pero casi.
Afuera, el polvo no se asentaba. Lo levantaban pasos, ruedas de camillas, voces bajas. Nadie gritaba. En Kuhdasht no se grita cuando queda algo enterrado en las paredes.
Salió un técnico, botas pesadas, guantes grises. No dijo nada. Solo asintió. Y los bomberos comenzaron a moverse como si ya supieran de antemano cada gesto. Una bomba. Inerte. Pero no dormida. Nunca duermen las que no explotan.
Dicen que fue un ataque de Estados Unidos e Israel. Dicen. Pero nadie firmó. Nadie llamó. Solo hubo ruido, fuego, y luego ese silencio que deja los techos partidos.
Hace unas semanas, un profesor de historia en Mashhad mencionó —no recuerdo su nombre, creo que era Ali o algo así— que las bombas que no detonan son más peligrosas que las que lo hacen. “Porque ahí están”, me dijo, “esperando a que alguien tropiece con ellas. No por accidente. Por sistema.”
No sé si lo dijo así, palabra por palabra. Pero el sentido… el sentido fue ese.
En una esquina de la casa, una niña miraba fijo hacia el hoyo en el muro. No lloraba. Tenía zapatos muy pequeños. Y un muñeco, sin cabeza, colgando de un dedo.
Nadie sabe por qué en ese barrio. Nadie sabe por qué esa casa.
Todos lo sabemos, en realidad.
Pero no se dice.
Y mientras la sacan —cable por cable, centímetro a centímetro—, nadie menciona los contratos, los satélites, los canales diplomáticos que se abren cuando el polvo sube lo suficiente.
10 de marzo. Hace frío.
¿Y si mañana es en otro lado?
¿Si es más cerca?
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