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Un bebé de tres días y su hermana de dos años. Eso fue lo primero que escuché, entre el humo y los escombros de una casa en Arak. Nadie les pidió permiso para nacer en medio de una guerra. Nadie les advirtió que su cuna quedaría sepultada bajo el peso de una operación conjunta. La madre. La abuela. Todas calladas ahora. El Irán dice que fue Estados Unidos e Israel. El Irán siempre dice. Esta vez, hasta las cifras son distintas.
Hace unas semanas —¿fue el 28 de febrero?— empezó lo que algunos ya llaman la escalada definitiva. Pero no fue lenta, no fue progresiva. Fue un cuchillo directo a la yugular. Explosiones en Teherán, en Karaj, en Shiraz. El palacio de Saadabad, zona simbólica, sacudido por detonaciones que retumbaron más allá del cemento. Murieron 1.444 personas desde entonces. Más de 18.000 heridos. Números que ya no conmocionan porque se repiten tan rápido que empiezan a sonar a fondo de pantalla.
En Minab, una escuela primaria. Niñas uniformadas. Carpetas. Un salón lleno de risas pequeñas, de voces agudas. Un ataque. Ciento setenta muertos. Más de 160, escolares. Amnesty hizo la investigación. No hubo dudas sobre la autoría: Estados Unidos. No fue un error de mira. No fue un blanco desviado. Fue un edificio entero borrado del mapa. Y nadie en Washington ha explicado por qué. Nadie ha llorado en público. Nadie ha dicho lo sentimos.
Mientras tanto, el Estrecho de Ormuz se cerró. Irán lo bloqueó. Trump llamó a Londres y a París: muévanse, actúen, muéstrense entusiasmados. Pero Europa no subió al carro. Alemania dijo que no. El jefe de política exterior de la UE habló de “ningún apetito” por enviar tropas. Traducción: estamos viendo, pero no entraremos. Y mientras, el petróleo trepó. Cincuenta por ciento en menos de un mes. El Brent llegó a 106 dólares. Japón abrió sus reservas. El mundo entero respira con dificultad: cada bomba que cae en Bagdad o Dubai dispara la gasolina en Caracas, en Buenos Aires, en Ciudad de México.
En Bagdad, un hotel de la Zona Verde. Diplomáticos, cables, reuniones tras bambalinas. Un dron lo incendia. Un cohete volaba hacia la embajada de EE.UU. Lo interceptaron. Pero no antes de que cuatro personas murieran en Jadriya. Kataib Hezbollah perdió a su comandante: Abu Ali al-Askari. No dijeron cómo murió. Nunca lo dicen. Solo el nombre. Solo el vacío que deja.
Líbano. Un millón de personas desplazadas. Un millón de historias rotas. Un niño que ya no va a clase. Una anciana que dormía en un colchón tirado frente a una escuela en Sídon. Netanyahu envió saludos por el Nowruz, el Año Nuevo persa. Como si mandar deseos fuera un acto de paz. Como si sus cohetes no estuvieran cayendo sobre Nahariya, como si los fragmentos de misiles no hubieran caído cerca del Muro de los Lamentos o la Iglesia del Santo Sepulcro.
Hezbolá respondió. Golpearon el norte de Israel. Un hombre herido. Poco, según Tel Aviv. Mucho, según los que viven a un paso de la frontera. Y en los pueblos fronterizos libaneses, los tanques israelíes ya entraron. Operaciones terrestres limitadas, dicen. Merz, el canciller alemán, lo llamó un error. Un error con millones de consecuencias.
Trump canceló su viaje a China. “Tenemos una guerra”, dijo. No dijo cuándo comenzó. No dijo quién la declaró. Pero la tiene. La sostiene. Y Vance, su vice, le juró lealtad: este presidente es inteligente, a diferencia de los anteriores. Como si la guerra fuera prueba de inteligencia.
Pero yo sigo pensando en los niños de Arak. En el peso de un cuerpo de tres días muerto bajo una losa. En la hermana pequeña, que apenas había aprendido a decir mamá. Nadie les explicó que su sangre serviría de moneda en una negociación que nunca sabrán cómo funcionó.
¿Y los demás? ¿Los que no aparecen? ¿Los que no tienen canal de noticias, ni portavoces ni ejército? ¿Qué pasa con ellos?
El café se quedó frío.
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