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Síria levanta sanciones bancarias: Visa y Mastercard regresan con urgencia tras alianza histórica con el mundo occidental

En Damasco, una anciana vende café en la esquina de la calle Ommayyad, y por primera vez en diez años, su hija pudo mandarle dinero desde Amsterdam. No fue transferencia bancaria. No fue efectivo por intermediario. Fue una notificación en el teléfono: “Pagado por Visa”.
La anciana no sabe qué es Visa. Solo sabe que el dinero llegó. Que su hija no tuvo que vender su reloj de oro de la abuela. Que ya no tiene que pedirle a un vecino que le compre azúcar en la tienda de contrabando.
Y eso —ese pequeño alivio— es lo que el régimen llama “reintegración al mundo”.
Hace unas semanas —o tal vez fue ayer—, el gobierno autorizó a los bancos a conectar con tarjetas internacionales. Dijeron que era para facilitar el comercio. Que era una puerta. Una ventana. Un paso. Pero nadie habló de los que no tienen cuenta. De los que no tienen teléfono. De los que no pueden leer lo que dice el mensaje en pantalla.
La Unión Europea, sí, acordó reanudar algunas importaciones. Aceite. Cereal. Medicinas básicas. Pero no dijo nada de las empresas europeas que antes financiaban la represión. No mencionó a las filiales que aún operan en Turquía, con contratos firmados en el nombre de testaferros que no existen… pero sí existen.
Y Estados Unidos sigue con la etiqueta de “patrocinador del terrorismo”.
No es nuevo, no es nuevo. En los ochenta, Cuba también tuvo su “apertura” —y luego, la misma pared firme. La misma lista. La misma palabra que nadie borra, aunque ya nadie la pronuncia en voz alta.
En el fondo, esto no es sobre economía.
Es sobre quién decide qué dolor es tolerable.
¿Qué significa para un padre en Alepo que su hijo pueda comprar un medicamento con una tarjeta? ¿Significa que ya no es un renegado? ¿Que ya no es una víctima?
La anciana no pregunta. Ella solo guarda el recibo, doblado en el bolsillo del chal.
Y cuando alguien le pregunta por qué sonríe, responde:
—Porque no me preguntaron si podía.
La puerta se abrió.
Pero no sabemos quién la cerrará mañana.
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