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Bueno… Nick Ashton se movía entre los estratos de arcilla y grava con la precisión de un cirujano. Cada gesto, cada pincelada de sus herramientas, parecía medido hasta el último milímetro. El arqueólogo, curador de las colecciones paleolíticas del British Museum, estaba excavando en un viejo pozo de arcilla cerca del pueblo de Barnham, en Suffolk, cuando encontró algo que cambió la percepción de la historia humana.
La verdad es que, al principio, no parecía gran cosa: un parche de arcilla calentada, algunos hachas de mano fracturadas por el calor y dos trozos de pirita de hierro. Pero esa conjunción de elementos no era casual. Ashton y su equipo se dieron cuenta de que esos objetos eran pruebas indicativas de que los neandertales habían aprendido a hacer fuego de forma deliberada hace más de 415,000 años.
«Hacía tiempo que sospechábamos que los neandertales tenían el control del fuego, pero encontrar evidencia tan clara y tan antigua ha sido emocionante», reflexiona Ashton. En realidad, la distinción entre un incendio natural aprovechado y uno creado intencionalmente siempre ha sido un desafío para los arqueólogos. Pero aquí, en Barnham, la evidencia es incuestionable.
Los investigadores saben que la pirita, un mineral que genera sparks al golpearlo contra sílex, no se encuentra naturalmente en la zona. Esto sugiere que los neandertales la llevaron hasta el lugar, dispuestos a provocar el fuego. «Creemos que los humanos llevaban la pirita al sitio con la intención de hacer fuego», explica Ashton. Y es que, a pesar de no encontrar restos humanos directos, es muy probable que los neandertales fueran los artífices de este hallazgo, dado que cráneos de hace un período similar, característicos de los neandertales tempranos, se han encontrado a menos de 160 kilómetros al sur, en Swanscombe y en Sima de los Huesos, cerca de Burgos, España.
En el fondo, el uso controlado del fuego fue un hito evolutivo. Permitió a los humanos preparar alimentos de manera más segura y nutritiva, facilitando la expansión de sus cerebros. Además, el calor proporcionado por el fuego permitió a los cazadores-recolectores sobrevivir en climas fríos como el de Gran Bretaña. Pero eso no es todo. El fuego también jugó un papel crucial en la evolución social, convirtiéndose en un centro social donde las personas se reunían, compartían alimentos, historias y desarrollaban lenguajes más complejos.
Rob Davis, arqueólogo del British Museum y coautor del estudio, subraya: «El fuego se convirtió en el corazón de la comunidad». Y no es una exageración. Los grupos humanos podían reunirse alrededor del fuego, en la seguridad y comodidad de la noche, lo que facilitaba la socialización y los primeros intercambios lingüísticos.
Sin embargo, esta evidencia plantea preguntas tan antiguas como el fuego mismo. ¿Qué otros secretos guardan las cenizas del pasado? La arqueología, como la vida, está llena de interrogantes que solo el tiempo podrá responder. Pero mientras tanto, cada descubrimiento, cada trozo de arcilla calentada, nos acerca un poco más a entender quiénes somos y de dónde venimos.
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