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Agadír. Enero, frío en la piel. Salah camina solo cerca del campo de entrenamiento, las zapatillas tocan la tierra seca, no mira a nadie, pero saluda con los ojos. Eso sí, lo hace. Como si confirmara: estoy aquí.
El técnico Hossam Hassan lo observa desde lejos. No lo llama, no lo interrumpe. Dice que no hace falta. Que cuando un futbolista como Salah carga ese silencio, no es ausencia, es promesa.
Tres días antes del partido contra Zimbabue, en pleno grupo B, nadie hablaba de otra cosa. No por el rival. No por el sorteo. Por lo que pasó en Anfield. Ese partido de Champions, finales de noviembre, derrota 4-1 contra el PSV. Salah jugó. Luego, fuera. Sin advertencia. Ni contra el West Ham, ni después.
Dicen que ardió. Que el 6 de diciembre, tras el empate con Leeds, soltó algo parecido a: me hicieron chivo expiatorio. No recuerdo bien las palabras exactas, pero sí el tono. Fuego. Y después, disculpas. A los compañeros. No al club.
Pero acá, en Marruecos, parece otro. Hassan lo dice sin énfasis: el morro no baja la cabeza. Al revés. Como si acabara de debutar. Como si tuviera veinte, no treinta y tres.
Tres y tres. Edad que pesa. En partidos, en oportunidades. Porque todos lo sabemos: a esta altura, no hay tiempo. Lo de Egipto no es solo ganar. Es saldar una deuda. Siete títulos africanos, el último en 2010. Salah perdió dos finales. 2017. 2021. Ambas.
Y él, entre tanto, acumuló trofeos en Liverpool como quien guarda fotos en un cajón. Ligue, Champions, campeonatos… todo. Menos eso. Menos lo de casa.
Ahora llega con Omar Marmoush. Del City, joven, rápido. Dicen que formarán una delantera temible. Vi una foto. Él a la derecha, sonriendo. Salah, más serio, como midiendo.
Pero el fútbol no perdona la edad. Ni la presión. Salah no convierte desde que vencieron al Aston Villa. Todo noviembre. Ni con el Liverpool, ni con Egipto en el amistoso con Uzbekistán.
El técnico no se asusta. Lo ha visto antes. Una racha así. Y luego, el resurgimiento por la puerta del equipo nacional. A veces, el rescate no viene del club. Viene de la camiseta que te nombra capitán.
Hassan lo dijo como quien entrega un secreto: Salah necesita ganar la Copa. No como petición. Como constatación.
Ahora están en Agadír. Mañana juegan. El aire huele a mar, a esfuerzo, a expectativa.
¿Lo logrará esta vez?
No se sabe.
Pero en el fondo, uno siente que si no es ahora…
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