Nigeria must not become America’s next battlefield | Donald Trump

Nigeria bajo fuego: el peligro de malinterpretar el crimen organizado como guerra religiosa

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Era de madrugada cuando vi la foto de esa niña musulmana en el umbral del aula, mochila en tierra, zapato izquierdo tirado como si hubiera corrido descalza por todo Kebbi. No la vi correr. No la vi gritar. Pero la imagino. Como imagino a los padres de Papiri, los de Niger State, sentados en banquetas de cemento frente a casas con techos de zinc, mirando el horizonte donde no hay nada, solo polvo y el peso de no saber.

Hace unas semanas —noviembre, creo—, un escalofrío nuevo recorrió el norte de Nigeria. No por lo que pasó, sino por cómo lo contaron desde fuera. Donald Trump, desde su plataforma, lanzó esa frase: algo así como que el cristianismo estaba en peligro allí, que los “islamistas radicales” estaban matando a mansalva. No sé si dijo “mansalva”, pero sonaba a eso. A tiros en la oscuridad. A guerra santa.

Pero en Kebbi no mataban cristianos. Mataban a una vicedirectora, sí. Secuestraban a veinticinco niñas musulmanas de un colegio estatal. Una escapó. Las otras veinticuatro… las rescataron después. Nadie dijo si lloraron al volver. Nadie contó si las escuelas se llenaron otra vez. O si los padres ahora miran cada autobús escolar como quien espera un ataque.

Y días más tarde, en Papiri, sí, allí entraron a una escuela católica. Se llevaron chicos, maestros, cruces colgadas en las paredes que quedaron heladas. Algunos escaparon. Otros… no. A mediados de diciembre, aún faltaban. Las madres caminaban entre los pupitres vacíos, tocaban las carpetas como si fueran reliquias.

Y sin embargo, no era religión. No era cruz contra media luna. Era peor. Era crimen con sistema. Era negocio. Secuestro por dinero. El mismo patrón: entras, tomas, huyes. No eliges fe. Eliges vulnerabilidad.

Matthew Kukah, el obispo de Sokoto —creo que es él, o al menos me suena de alguna entrevista que leí hace años—, dijo algo como: “No es una guerra religiosa, es un colapso del Estado”. Y tiene razón. Los analistas, los locales, los que caminan por esos pueblos, todos coinciden: atacan a musulmanes, atacan a cristianos, atacan a cualquiera que no pueda pagar o correr.

El norte está lleno de bandas armadas que viven del rescate, del robo de ganado, de la minería ilegal. Operan desde bosques, cambian de nombre, se dividen, se reagrupan. No tienen credo. Tienen armas. Y hambre. Y una desesperación que alimenta más desesperación.

En Zamfara, en Katsina, en Kaduna, en Plateau… los pueblos están vacíos. Las granjas abandonadas. La gente huye. Amnesty dice que más de diez mil civiles murieron en dos años desde que Tinubu asumió. Diez mil. Y eso no es cifra de guerra santa. Es cifra de impunidad.

Y mientras tanto, Trump habla de entrar “a tiros”. Como si Nigeria fuera un patio trasero. Como si no supiéramos lo que pasa cuando EE. UU. entra en un país con ese lenguaje. Irak. Siria. Libia. Todos lo sabemos. Primero se describe el caos como demoníaco, luego se envía el ejército, y al final, solo quedan escombros y más muerte. Civilian lives last.

Tinubu hizo algo. En noviembre, no sé qué día exacto, declaró emergencia. Anunció veinte mil policías más. Reubicó escoltas presidenciales a zonas de conflicto. Expandió los guardias forestales. Todo bien. Pero anunciar no es hacer. La policía, según dicen, solo el quince por ciento de los nigerianos la confía. Corrupción. Violencia. Otra amenaza.

La solución no está en aviones. Está en tribunales que funcionen. En inteligencia real. En bancos que rastreen el dinero del rescate. En fronteras que se vigilen. En cooperación regional, no en bombardeos.

El estado nigeriano, en el fondo, siempre ha protegido riqueza, no gente. Desde el colonialismo. Desde la extracción del petróleo en el Delta, donde todo se arruinó: tierra, agua, vidas. Por proteger activos. Hoy sigue igual. Las instituciones están diseñadas para eso. No para cuidar a los que sufren.

Washington no debe enviar tropas. Debe enviar apoyo técnico. Inteligencia. Capacitación forense. Diplomacia. Que refuercen al sistema, no que lo reemplacen.

Porque si entran… si alguien entra con armas desde afuera, los pueblos se aprietan entre dos fuegos. Los bandos se fragmentan. Los criminales se reubican. Y las comunidades… las comunidades se convierten en escudo humano. O en blanco.

Trump debe callar. O rectificar.

Tinubu debe actuar. De verdad.

Porque el futuro de Nigeria no depende de cuántas balas trae un soldado extranjero.

Depende de si el Estado alguna vez dejará de proteger el dinero… y empieza a proteger a esa niña, la de Kebbi, la del zapato olvidado.

Qué pasa si nunca vuelve a usarlo.

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