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Bajó la vista hacia el papel, como si todavía lo tuviera frente a los ojos. Jacques Tilly, sentado en su taller de Düsseldorf, con las manos manchadas de esmalte y serrín, ha pasado cuarenta y tres carnavales haciendo lo mismo: construir monstruos de cartón que se ríen de los poderosos. Este año, por primera vez, no esperó. Subió los dibujos a internet antes del desfile. Como si supiera que no le darían tiempo.
Dicen que en uno aparece Putin y Trump estrechándose la mano mientras aplastan entre ambos una figura diminuta, desfigurada, con traje militar y cara de zorro asustado. Zelenskyy. No lo vi con mis ojos, pero la descripción basta. En otro, no sé bien, pero algo con un tanque con cara de ángel y una medalla que dice “paz” mientras arrastra cadenas. Algo así. Tilly siempre ha sido así: filoso, grotesco, inevitable.
Ahora lo acusan de insultar al ejército ruso. De ofender a Putin. Hasta diez años, dicen. Como si un flotador de espuma y pintura acrílica pudiera herir el honor de un régimen que borra ciudades del mapa. Pero claro, no se trata del honor. Se trata del miedo. Del miedo a que la risa atraviese la cortina otra vez. Porque la burla no mata, pero desarma. Y en tiempos de guerra, desarmar con una sonrisa es un delito de alta traición.
Wüst, el ministro-presidente de Renania del Norte-Westfalia, salió en su defensa. Dijo que la libertad del bufón —la “Narrenfreiheit”— es sagrada en el carnaval alemán. Que sin ella, el disfraz no sirve de nada. Que el disfraz no oculta, revela. Pero sus palabras suenan a hueco. Porque mientras tanto, la notificación ya fue enviada a Bruselas: Alemania extiende los controles en sus fronteras terrestres por otros seis meses. Más policía, más retenes, más miedo. Todo bajo el pretexto de la seguridad. Todo bajo el pretexto de la migración irregular.
Fue Scholz el primero en levantar el muro invisible, en septiembre de 2024. Los votos a la extrema derecha crecían como hongos después de la lluvia. AfD ganó en dos estados. Entonces, los controles comenzaron. Y ahora Merz, desde mayo de 2025, los mantiene. No por razones humanitarias, no por emergencia. Por cálculo. El Schengen se deshilacha, pero nadie dice nada. Porque es más fácil ponerle precio al libre movimiento que enfrentar la pregunta que nadie quiere hacer: ¿hasta dónde deja de ser Europa cuando ya no permite que el pueblo circule?
Y mientras tanto, en Líbano, Steinmeier camina entre diplomáticos, intentando sostener un alto al fuego que ya se fue a pique. Misiles israelíes caen día tras día en el sur. Hezbollah, esa mezcla de partido, milicia y fantasía revolucionaria respaldada por Irán, no entrega las armas. El cese al fuego es papel mojado. Pero al menos, allá afuera, todos saben que están jugando a la paz. Aquí, en Alemania, juegan a la seguridad. Y los que pagan son siempre los mismos: los que no tienen pasaporte, los que no tienen voz, los que cargan el peso del miedo ajeno.
Tilly sigue ahí. En su taller. Construyendo. Riendo. Sabiendo que, quizás, será la última vez. Porque no se necesita una orden judicial para matar la sátira. Basta con que el miedo se vuelva costumbre. Y entonces, nadie dibuja nada.
¿Hasta cuándo se puede burlar al poder cuando el poder ya no se ríe?
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