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Claudio Neves Valente apareció primero en una imagen granulada, caminando con una maleta negra, entrando al edificio Barus y Holley. Iba de negro. No corrió. No gritó. Solo abrió fuego mientras los estudiantes rendían su examen final. Dos murieron. Nueve cuerpos quedaron marcados. Después, él desapareció. Como si el aire lo hubiera tragado.
Y ahora el sistema, el que tantas veces prometió proteger, responde como siempre: apagando luces, cerrando puertas, borrando nombres.
Lo encontraron días después, en un depósito de New Hampshire. Muerto. Un disparo autoinfligido. Nadie lo vio caer. Nadie escuchó el último aliento. Solo silencio. Y luego, el ruido del poder.
Kristi Noem salió al paso rápido. Demasiado rápido. Como si ya tuviera el discurso escrito. Dijo que un hombre así nunca debió pisar Estados Unidos. Que el programa de visas por sorteo —el DV, el de la lotería— era un peligro. Que el presidente Trump ya lo había advertido. Que ahora, de inmediato, se detenía todo.
Pero esto no empezó hoy. No empezó en Brown. Hace años que Trump lo dice, una y otra vez: “No nos mandan a sus mejores. Nos mandan a sus peores”. Lo dijo en 2017, tras el ataque en Nueva York con el camión. Lo dijo en un acto del FBI. Lo repitió como si fuera una oración.
Y aunque no se diga, los datos están ahí: los inmigrantes cometen menos crímenes que los nacidos en el país. Pero eso no importa cuando se necesita un enemigo. Un nombre extranjero. Un acento. Un país lejano.
Neves Valente era portugués. Hizo un doctorado allá, estudió con Nuno Loureiro, también portugués, también físico. Loureiro fue asesinado días antes en su casa. Múltiples disparos. No se entendió al principio. Solo después encajaron las piezas: un vínculo, un rencor, un pasado compartido. O algo así.
Y nadie sabe bien qué pasó entre ellos. No hay carta. No hay mensaje. Solo dos muertos, un camino de balas, y un gobierno que aprovecha el olor a pólvora para cerrar puertas.
Porque esto ya pasó. En noviembre, un guardia nacional murió en Washington. La bala salió de un afgano que había trabajado con tropas estadounidenses. Trump no dudó. Paró todas las visas para afganos. Gritaron los veteranos. Gritaron los grupos de derechos humanos. No importó.
Después, lo de Charlie Kirk —asesinado en septiembre por un ciudadano estadounidense, de Utah, llamado Tyler James Robinson—. Y still alguien en el gobierno decidió expulsar a seis extranjeros. Porque escribieron memes. Porque burlaron la tragedia en redes. ¿Primera enmienda? No les importó. Dijeron: “Expulsaremos a quienes celebren la muerte de nuestros ciudadanos”.
Pero el dato clave no se suelta: el tirador, en ese caso, era local. Norteamericano. De casa.
Y el programa de visas por sorteo… sí, ha tenido fallos. Sí, hay riesgos. Pero el proceso es duro. Hay que pasar antecedentes, entrevistas, controles médicos. No es solo suerte. Pero no, no se habla de eso. Se habla del riesgo. Del extranjero. Del nombre que no suena bien.
El programa existe desde 1990. Surge para darles oportunidad a países que casi nunca llegan. No tienes que tener familia aquí. No tienes que casarte por conveniencia. A veces, basta con llenar un formulario. Y rezar.
Al principio daban 55 mil visas. Ahora son unas 50 mil. No mucha gente. Pero para muchos, es la única puerta. Una puerta que hoy está cerrada. Bajo la orden de un hombre que cree que la inmigración es un cáncer. O una inundación. O un juego de azar donde siempre perdemos.
Y mientras, en Providence, los exámenes quedaron en el suelo. Borradores a medio resolver. Tinta seca. Silencio en los pasillos.
No sé si Neves Valente ya estaba roto antes de llegar. No sé si el sistema lo falló. O si él falló al sistema. Tampoco sé si el sorteo de visas fue un error. O si lo que falló fue lo otro: la forma en que acusamos antes de entender. Cerramos antes de escuchar.
Basta un nombre que no suene familiar, y todo el edificio se derrumba.
¿Y los otros cincuenta mil? ¿Los que no mataron a nadie? ¿Los que no dijeron nada?
¿Dónde quedan ellos?
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