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Elon Musk no dijo nada nuevo. O sí. Depende de quién lo lea.
Hace unos días —no recuerdo bien, a lo mejor el viernes, o fue el jueves en la tarde—, el logo de Twitter cambió. El pájaro, ese que llevaba años ahí, limpio, minimalista, como una promesa de ligereza, desapareció. En su lugar, una imagen de un perro. Un Shiba Inu. Sí, ese mismo.
No fue un anuncio, no hubo comunicado de prensa, ni notas internas. No hizo falta. Simplemente apareció. Como si siempre hubiera estado allí. Como si el pájaro nunca hubiera existido.
Musk lo confirmó horas después. Algo así como “como lo prometí”, dijo, citando un chat viejo, de hace casi un año, en el que alguien —un usuario cualquiera— le escribió: “cómpralo todo y ponle el logo de Doge”. Y él no respondió. O sí respondió, no importa. Lo hizo.
No se sabe si será permanente. Eso nadie lo sabe. Tampoco parece que importe. Musk ha usado Twitter como si fuera un diario íntimo con acceso público. Un juego. Una provocación constante. A veces se ríe de sus seguidores. A veces, de sus detractores. A veces, de todos.
Y justo dos días antes, había pedido a un juez que desestimara una demanda. Una demanda de 258 mil millones de dólares. No es un error tipográfico. Doscientos cincuenta y ocho mil millones. Por promover Dogecoin, esa criptomoneda que nació como broma.
Dogecoin. Creada en 2013 por dos ingenieros de software, justamente como parodia. El nombre viene del meme: “doge”, el perro con letras Comic Sans en inglés mal escrito. Sí, ese perro. El mismo que ahora encabeza una red social con más de mil millones de usuarios.
Sus abogados dijeron que la demanda era “una obra de ficción” por unos tuits “inofensivos, muchas veces tontos”. Inofensivos. Tontos. Y sin embargo, el precio subió. Más del veinte por ciento en veinticuatro horas. De menos de ocho centavos a casi nueve. Nada más con un cambio de logo.
No es nuevo, no es nuevo. Musk ha alimentado esa moneda durante años con mensajes irónicos, con apoyos ambiguos, con bromas que no se saben si lo son. Y cada vez, el mercado se mueve. Gente gana. Gente pierde. Gente apuesta todo.
Pero esto no va de criptomonedas. No del todo. Va del peso de una imagen. De un gesto trivial que mueve miles de millones. De un meme convertido en arma financiera.
Y uno se queda con la imagen: el perro mirando, quieto, en el centro de la pantalla. Como si no pasara nada. Como si no hubiera gente ahí afuera, mirando sus pantallas, viendo cómo sube o baja un número sin respaldo real, sin activo detrás, solo por un tuit.
¿Hasta cuándo?
No se sabe.
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