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Era de madrugada cuando un tipo en Puerto Cabello, que prefiere no dar su nombre, me mandó un mensaje: “Aquí hubo un estruendo anoche. Como si algo hubiera explotado en el muelle, pero no vino nadie”.
No hubo bomberos. No hubo autoridades. Nadie abrió una investigación. Solo un ruido seco, seguido de silencio. El tipo me dijo que las gaviotas no han parado de chillar desde entonces, como si algo en el aire ya no cuadrara.
Aquí, en la costa norte, todos saben qué barcos salen de dónde. No hace falta verlos. Se siente. Se huele el miedo en la saliva de los pescadores cuando preguntas de más. Algunos dicen que los que antes transportaban harina o maíz, ahora llevan otra carga. Pero no te lo van a contar. Han visto desaparecer a hijos de vecinos con solo mencionar nombres.
Ahora Trump dice que Estados Unidos golpeó un muelle. Que fue “la zona de implementación”, donde cargan los barcos con drogas. Lo dijo con esa forma suya de hablar, como si aniquilar fuera un servicio público. Dijo que ya no existe. Que todo desapareció. Pero aquí, las cosas no se esfuman. Solo se entierran mal.
No dijo si fue el Pentágono o la CIA. No dijo exactamente dónde. “Estuvo cerca de la orilla”, soltó, como si eso bastara. Como si en Venezuela todos viviésemos viendo al mar y supiéramos a qué orilla se refería.
Pero lo más fuerte no es que lo haya dicho. Es que lo haya dicho así, en público, frente a Netanyahu, como si fuera un logro de guerra. Y es que probablemente lo sea. Para ellos.
Porque esto no comenzó ahora. Desde septiembre, dicen que van treinta ataques. 107 muertos. Todos en alta mar. Barcos hundidos, cuerpos que nunca llegan a la orilla. Washington los llama “narcoterroristas”. Pero nadie sabe sus nombres. Nadie vio sus rostros. Solo existen por decreto.
Y ahora, tierra. Primera vez. Oficialmente no confirmada por Venezuela, pero oficialmente anunciada por quien tiene botones para borrar lugares del mapa.
Caracas sigue en silencio. Maduro no ha dicho nada. Tal vez no puede. Tal vez no sabe. O tal vez espera a que el polvo baje antes de mirar hacia el humo.
Pero hay algo más profundo: este no es solo un golpe al narcotráfico. Es un mensaje. Uno que huele a 1989, a Panamá. A esa misma retórica de “limpiar rutas del mal”. El mismo lenguaje. Las mismas víctimas invisibles. La misma justificación cómoda para meter balas donde nadie mira.
Y mientras tanto, más de 15.000 militares estadounidenses en la región. Tanques, barcos, aviones. Y varios buques petroleros retenidos. Como si el hambre también fuera un arma.
Un oficial retirado de la Armada, con quien hablé hace unas semanas —creo que se llamaba Luis, o era Jorge—, me dijo algo que no olvido: “Cuando empiezan a bombardear la costa, ya no se trata de droga. Se trata de quién controla el litoral”.
Hoy, el litoral arde en silencio.
¿Y los que viven allí? Los que no tienen ni nombre en los informes, ni cara en las fotos. Los que escuchan la explosión, cogen a sus hijos y se van por detrás de la casa, hacia los cerros. ¿Qué saben ellos de estrategias antidrogas? ¿De políticas exteriores?
Nada. Solo saben que el mar ya no es seguro. Ni la tierra. Ni el aire que respiran.
Y que hay alguien allá afuera, muy lejos, que decide quién vive y quién deja de existir… con solo decirlo en una conferencia.
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