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El tipo iba con los ojos abiertos. No gritaba. Solo caminaba, mirando al frente, como si ya hubiera decidido que no iba a salir. Hay videos, no sé si todavía están, no quise buscarlos. Pero lo vi una vez. Un hombre pasando entre cuerpos tirados, sin correr, sin llorar. Como si llevara días esperando ese momento, como si todo el final ya estuviera escrito.
Algo así pasó en Crans-Montana, esta vez. No con música, no con muros de espuma inflamable, pero con el mismo olor a carne quemada, con el mismo silencio que queda cuando el fuego se apaga y lo único que queda es el tecleo de los forenses. Cuarenta muertos. Noventa y tantos con heridas que no se curan —quemaduras, sí, pero también el fuego dentro, el que no se ve.
La fiscalía dice que fue una bengala. Como siempre. Siempre es una bengala.
Porque esto ya lo vimos. No hace falta irse al hemisferio norte. En Argentina, en aquel recital de Los Callejeros, uno de los músicos pidió, antes de tocar, que no encendieran bengalas. Dijo que por seguridad. Poco después, una llama saltó al techo. Alguien prendió fuego al infierno y el infierno se quedó con ciento noventa y cuatro.
Y en Brasil, en Santa María, también. La banda prendió un artefacto pirotécnico. Chispas al techo, a la espuma, al aislante químico que arde en segundos. Doscientas cuarenta y dos personas asfixiadas, amontonadas en una puerta que no abría. El jefe de bomberos lo dijo con la voz baja: “nos encontramos cuerpos apilados como ropa sucia”.
No es nuevo, no es nuevo.
En Bangcoc, en un club de tres pisos, los testigos hablan de bengalas dentro del salón. Fuegos de año nuevo, alegría en el techo, madera seca, pánico total. Murieron sesenta y siete. Entre ellos, australianos, japoneses, holandeses. Quemados, sí, pero también pisoteados. Porque salidas de emergencia no había. O había, pero estaban cerradas. La puerta principal, según dijeron allá, no cumplía con los códigos.
Y en Perm, Rusia. Un aniversario. Fuegos artificiales en el bar. Dos multas previas por registrar incumplimientos de seguridad. Iban a inspeccionar al día siguiente. Pero mejor no esperar. Mejor celebrar. El animador, en video, dice casi tranquilo: “Señoras y señores, estamos ardiendo”. Nadie entendió. O sí entendió, pero no supo adónde ir.
En Bucarest, la espuma de poliuretano ardía como gasolina. No estaba permitido que hubiera tantos dentro. Tampoco había salidas. Los bomberos tuvieron que pasar sobre los cuerpos para entrar. Poco después, el primer ministro renunció.
Pero ¿quién encendió la bengala en Suiza?
No se sabe.
¿Quién permitió que se lanzara dentro?
No se sabe.
¿Quién cerró la puerta? ¿Quién vendió el aislante inflamable? ¿Quién firmó la licencia? ¿Quién miró para otro lado?
No se sabe.
Todos lo sabemos.
Hace años, en Caracas, un local en Catia quemó por un cortocircuito. Murieron doce. El informe dijo que el interruptor principal estaba atornillado con clavos. Clavos. Como si eso fuera a detener la corriente.
Nunca es un accidente. Es un encadenamiento. Una licencia concedida por un amigo. Un permiso firmado por un funcionario que no fue. Un inspector que nunca llegó. Un líder que dijo que sí.
La pirotecnia no mata sola.
Mata acompañada.
Y ese tipo que caminaba entre los cuerpos… al final, ¿sobrevivió?
No se sabe.
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