La intervención en Venezuela reaviva la obsesión de Trump por Groenlandia | Internacional

Trump exige Groenlandia tras operación en Venezuela: seguridad nacional en juego

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La primera ministra metió el dedo en la llaga, pero no alcanzó a decirlo todo. Mette Frederiksen, de Dinamarca, exigió respuestas, convocó al embajador, protestó formalmente. Y tenía razón. Pero no alcanzó a nombrar aquello que flota bajo las palabras de Trump, bajo las fotos de Marco Rubio en Mar-a-Lago con cara de soldado, bajo las frases duras de Stephen Miller en la CNN: que esto no es solo geopolítica, es ansia. De poder. De territorio. De control absoluto sobre un hemisferio que Estados Unidos aún ve como su patio trasero, incluso cuando la hierba ya no crece como antes.

Groenlandia. Cincuenta y seis mil almas, hielo agrietándose, rutas marinas que se abren como heridas en la corteza del planeta. Y encima, un presidente que habla como si estuviera regateando un inmueble en el Atlantic City de los años ochenta. “Necesitamos Groenlandia”, dijo. No “negociaremos”, no “estudiamos opciones diplomáticas”. Necesitamos. Como si fuera un recurso, como si fuera gas o uranio, como si los pueblos no existieran. Como si Dinamarca, miembro de la OTAN, ya no contara. Como si el Tratado del Atlántico Norte fuera papel mojado frente a una ambición que huele a siglo XIX con maquillaje de tecnología satelital.

Trump lo dijo una vez, hace años, y todos se rieron. Ofreció comprarla. Copenhague dijo que no. Él canceló la visita. El mundo pensó: otro loco en la Casa Blanca. Pero no era broma. Era un plan. Y ahora, tras la operación en Venezuela —una incursión que capturó a Maduro en horas, como si fuera un peón más en un tablero que sólo ellos ven—, el viejo deseo ha vuelto. No como propuesta. Como amenaza.

Stephen Miller, ese hombre de rostro afilado y voz tranquila que ha diseñado deportaciones masivas y leyes antiinmigración con precisión de cirujano, salió al frente. No es un funcionario cualquiera. Tiene el oído del presidente. Y dijo: “Somos una superpotencia. Nos comportaremos como tal”. Dijo algo así como que la fuerza rige el mundo real. Como si el derecho internacional, los tratados, las soberanías, fueran cuentos para niños.

Y luego, la esposa. Katie Miller. La exasesora, la de los podcasts de extrema derecha. Publicó una imagen. Groenlandia pintada con los colores de la bandera estadounidense. Y una sola palabra: Soon. Pronto. No en un comunicado oficial. En redes. Como un guiño. Como si dijera: ya viene. Ya está en marcha.

La verdad es que nadie sabe bien cómo piensan hacerlo. ¿Invasión? No, eso rompería la OTAN por la mitad. Estados Unidos no puede atacar militarmente un territorio que Dinamarca administra, aunque sea autónomo. Sería suicidio diplomático. Pero hay otras maneras. Aranceles. Presión. Aislar a Dinamarca en foros internacionales. O, más sutil: hablarle directamente a la población de Groenlandia. Prometer inversión. Desarrollo. Autonomía. Y luego, poco a poco, ir instalando el control. Como en otras latitudes. Como en otros tiempos.

Jeff Landry, ese enviado que Trump nombró en diciembre, lo dijo en tono conciliador: no será por la fuerza. Será por acuerdos. Independencia primero, vínculos económicos después. Pero todos lo sabemos: independencia negociada bajo presión no es independencia. Es transición controlada. Es tutelaje. Como en Venezuela, donde ahora Marco Rubio, Hegseth, Vance y Miller coordinan “la gestión”. No la reconstrucción. La gestión. Como si fuera una empresa en quiebra.

Hay una foto. J.D. Vance, el vicepresidente, parado en la base de Pituffik, en Groenlandia, hace unos meses. Marzo, creo. O abril. Con su esposa. Habló de seguridad. Dijo que Dinamarca no había hecho bien su trabajo. Como si ellos tuvieran derecho a juzgar. Como si el Ártico fuera territorio en disputa entre grandes, y no un espacio habitado. Un lugar con gente. Con cultura. Con decisiones propias.

Y mientras Europa baja la guardia, los países nórdicos miran con preocupación. Ian Bremmer lo dijo en X: para Estados Unidos, esto es una prioridad. Para el resto de Europa, no tanto. Todavía.

Pero yo me pregunto —y sé que vos también lo harías a esta hora, con el café frío y la pantalla encendida—: ¿qué pasa si esto no se trata solo de Groenlandia?

¿Y si se trata de algo más grande? ¿De una nueva era de supremacía explícita, sin máscaras, sin excusas? ¿De una doctrina Donroe que ya no disfraza el imperialismo con promesas de democracia?

¿Cuántas veces más vamos a ver cómo un operativo en un país latinoamericano —con Maduro capturado, sin juicio, sin tribunal— termina siendo el trampolín para una ambición que no conoce fronteras?

¿Hasta dónde?

No lo sé. Pero siento el frío. El mismo que viene del Ártico. El mismo que viene de las decisiones que se toman sin testigos, sin firma, sin ruido.

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