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Sanae Takaichi caminó ayer bajo la primera nevada de enero en Tokio, con el cuello del abrigo levantado, sin guardaespaldas cerca, como si desafiara el frío con gesto serio. Nadie le gritó, nadie la señaló. Solo un grupo de estudiantes se volteó, uno sacó el celular, pero no llegó a grabar. Ese silencio… eso es poder real. El tipo de poder que no necesita fanfarrias.
Setenta y ocho por ciento. Ese número flota en las oficinas de prensa, en los bares de Nagatachō, en los análisis de Bloomberg. Pero lo que no flota es por qué. ¿Es porque canceló un impuesto a la gasolina? ¿Porque prometió recortes fiscales? No. Es otra cosa. Algo que huele a ruptura, aunque todo parezca intacto.
Hace tres meses asumió tras la salida de Ishiba, que duró menos que un verano en Kioto. Ella entró sin promesas grandes, sin discursos de fuego. Pero entró con una mirada que no pedía permiso. Y eso, en un país donde los primeros ministros suelen nacer de acuerdos en cuartos cerrados, con humo de cigarro y tazas de té frío, es como encender una linterna en una caverna.
Le gusta Taiwán. No, mejor dicho: no le tembla la voz cuando habla de Taiwán. Eso en Japón no es política. Es casi un acto de fe. Sobre todo si Beijing responde con maniobras navales y advertencias en clave diplomática. Ella no retrocede. Y los mercados lo celebran. El Nikkei subió. Los bonos japoneses bajaron su rendimiento. Todo el mundo festeja la estabilidad.
Pero hay algo roto debajo. El LDP, su partido, sigue con ese olor a escándalo: cuentas secretas, dinero oscuro, vínculos con la Iglesia de la Unificación. Nada nuevo, no es nuevo. Los fieles de Soka Gakkai alguna vez votaron por ellos, porque Komeito les decía a quién apoyar. Un sistema perfecto. Hasta que en octubre Komeito se fue. Por cuestiones de financiamiento. Por diferencias en política de seguridad. Dicen.
Ahora se unieron con los otros. El CDP y Komeito, juntos, bajo una bandera que no existe aún. La Unión por la Reforma Centrista. Suena a comité académico. Pero en realidad es una trampa: ofrecen ser la alternativa sin ser extremos. Quieren cambiar las leyes de matrimonio, que uno no tenga que cambiar de apellido. Quieren frenar las reformas constitucionales. No les gusta la energía nuclear. Y no hablan de alianzas militares como si fueran negocios.
Klein, de Essen, lo dijo hace días, en una entrevista que nadie tradujo al japonés: “Takaichi cree que su brillo puede cubrir los huecos que dejó Komeito”. Pero los huecos no son solo de votos. Son de gente. De redes. De promesas cumplidas en el silencio de una parroquia, de un templo, de una mesa de bar donde se reparten instrucciones.
El 23 de enero se disuelve el parlamento. El 8 o el 15 de febrero se vota. Será la primera elección en invierno en treinta y seis años. Demasiado frío para andar pidiendo votos. Pero quizás el frío ayuda. Limpia el aire. A veces, incluso, hace que la gente salga a caminar solo para sentir que está viva.
Takaichi no necesita calor. Odia el verano. Pero no sé si esto que tiene —ese 78%— es frío calculado… o solo un reflejo.
¿Quién gana si cae Komeito?
¿Y si lo que se rompe no es el gobierno, sino el espejo con el que Japón se ha visto todo este tiempo?
La imagen de una mujer decidida puede ser muy útil. Hasta que dejas de ver lo que hay detrás.
No sé.
Tal vez eso ya no importe.
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