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Jeffrey Sonnenfeld lleva semanas repitiendo lo mismo en círculos de ejecutivos, y esta vez lo supe porque un amigo en New Haven me pasó un fragmento de una reunión que nunca debió salir. Dijo algo así como: “¿Dónde está todo el mundo?”. No gritó. Lo dijo bajo, como quien mira alrededor y descubre que está solo en una sala que creía llena.
Los CEOs, me contó —porque ya nadie me lo cuenta oficial, claro— no están callados por conveniencia. Están agotados. No de trabajar, eso es lo de menos. Están cansados de hablar en voz alta en una iglesia vacía. Lo del tiroteo en Nashville los dejó mudos no por indiferencia, sino porque ya firmaron todas las cartas, ya cortaron relaciones con los grupos de presión, ya prohibieron ventas de armas en sus filiales o pusieron cláusulas éticas en sus contratos. Y nada. La legislatura sigue inmóvil. El Senado ni siquiera debate.
Y no, no es que no quieran intervenir. Es que ya no saben cómo. No porque falte voluntad, sino porque están solos. Todos los que deberían estar al frente —activistas, estudiantes, líderes religiosos, organizaciones comunitarias— están ausentes. O peor: delegando. Como si la responsabilidad social se hubiera privatizado. Y ahora, cuando sucede algo así, la gente no pregunta “¿qué vamos a hacer?”, pregunta “¿qué van a hacer los CEOs?”.
Sonnenfeld lo dijo sin dramatismo: los empresarios no son los líderes del cambio social. En los sesenta no fueron ellos los que marcharon. Fueron curas, estudiantes, madres, trabajadores. Hoy, en cambio, los CEOs se sienten como los únicos que aún asisten a la reunión. Han donado, han presionado, han abierto las páginas de sus informes anuales como si fueran altares cívicos. Pero, y esto me quedó claro, ya no creen que con hablar más alto vayan a mover algo.
Además, y aquí viene lo que nadie quiere decir: ya casi no financian campañas. Desde enero del 2021, tras el asalto al Capitolio, muchas empresas congelaron sus contribuciones. Otras solo mandan migajas. El mito de que los grandes ejecutivos manejan el dinero de la política es falso. Al menos ahora. Así que no, no tienen palancas. No porque no quieran usarlas, sino porque ya las soltaron.
Tesla, por cierto, sigue acumulando autos sin vender. Creen que con bajar precios todo se resuelve. Pero los números no mienten: en el último año, fabricaron 78 mil más de los que entregaron. Y aún así dicen que la demanda es “más grande de lo que pueden producir”. No recuerdo bien quién lo dijo, pero alguien en la cadena de suministro me comentó que en Alemania hay lotes enteros de Model S y X estacionados en puertos, esperando. No hay apuro por recibirlos. No hay prisa.
La imagen que no puedo sacarme de la cabeza es esa: ejecutivos poderosos, con todo el dinero del mundo, y sin capacidad de mover una ley. Mientras tanto, los muertos en las escuelas siguen acumulándose. Y nadie organiza una marcha. Nadie toca puertas. Nadie llama a una huelga.
¿Y si no es que no pueden, sino que no quieren? ¿Si la sociedad entera se ha acostumbrado a que sean otros los que lidien con el infierno?
No lo sé. Pero el café que me queda en la taza ya no tiene sabor. Solo deja un rastro amargo.
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