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Minneapolis, enero de 2026. Hace frío. Frío de esos que te cala los huesos, que hace chirriar los cristales y que convierte el vaho de la boca en una especie de bandera blanca, rendición al clima. Y en medio de eso, Guy Hammink, un tipo de Saint Paul, parado con los ojos bien abiertos, la bufanda hasta las cejas, diciendo algo que no suena a consigna, sino a obligación moral: que hay gente que no puede salir de su casa, y que los que podemos, tenemos que salir por ellos.
Y ahí estaban. Miles. Bajo cero. Con pancartas que decían cosas como El norte es más fuerte —nunca me cansaré de esa frase, tan simple, tan cargada— y Los inmigrantes hacen grande a Estados Unidos, como si tuvieran que recordarle al país quién lo construyó cada vez que el miedo se sienta en el poder. Negocios cerrados. Cafés, librerías, museos, todos apagados. No fue un paro, fue un apagón. Un silencio colectivo que retumbaba más que los gritos.
Pero esto no empezó en la plaza. Empezó semanas antes, en los grupos de mensajería de los vecinos, en las cocinas donde se organizaban ollas comunes para las familias que no se atrevían a salir, en los turnos frente a las escuelas donde madres y padres se turnaban para vigilar, no a los niños, sino a los federales. Porque ya no se trata de esconderse. Se trata de ver. De grabar. De tocar bocina cuando ven una camioneta negra sin placas. De convertir cada arresto en un acto público, en una protesta instantánea, en un coro de silbidos y luces.
ICE llega con fuerza. Tres mil agentes, dicen. Tres mil. Como si hubiera una guerra y nadie nos hubiera avisado. Y los han visto usar gas lacrimógeno contra una familia que solo quería rodear un mitin. Un bebé de seis meses, hospitalizado. Han visto a un agente embestir el carro de un ciudadano estadounidense, latino, pedirle después la identificación, como si el color de la piel fuera sospecha suficiente. Y al parecer, lo es. Porque Nasra Ahmed, ciudadana, somalí, estuvo detenida dos días. Dice que gritó, que lloró, que no entendía por qué la arrastraban. Y que los agentes soltaron comentarios. Racistas. Nada nuevo, no es nuevo. Pero esta vez, los policías locales —policías de Minnesota, en su tiempo libre— dicen que también les pidieron la identificación, con las armas desenfundadas. Como si el uniforme no bastara. Como si la ciudadanía no probara nada.
En Columbia Heights, detuvieron a un niño de cinco años. Con su papá. Y según el distrito escolar, lo usaron como carnada. Como si un niño fuera un señuelo. DHS lo niega, dice que el padre huyó. El abogado dice lo contrario. Testigos también. Y el chico está en un centro de detención en Texas. Un niño de cinco. A quién le cuentas eso y no te tiembla la voz.
El nombre de Renee Macklin Good aparece en las pancartas. Murió a manos de un agente de ICE, Jonathan Ross. Ese nombre no se suelta así nomás. Es una cuenta pendiente. Los organizadores lo exigen: que lo juzguen. Que se acabe la impunidad. Que no sigan usando el pretexto de “atrapar a los peores” mientras se llevan a trabajadores, a padres, a gente que paga impuestos, que manda a sus hijos a la escuela, que no ha roto ninguna ley.
El gobierno responde con más fuerza. Arrestaron a tres personas por protestar en una iglesia en St. Paul. Un pastor allí es también funcionario de ICE. Ironía. O coincidencia. No lo sé. El vicepresidente, JD Vance, vino a mostrar apoyo. Dijo que quienes ataquen a oficiales federales irán a la cárcel. Pero las imágenes del acto religioso no muestran violencia. Muestran marcha. Muestran cánticos. Muestran gente rezando. Y aun así, tres bajo custodia. ¿Qué cuenta como violencia cuando el Estado decide quién puede protestar?
Y ahora, el Pentágono tiene cientos de soldados en alerta. Por si el presidente invoca la Ley de Insurrección. Por si decide que Minnesota es un campo de guerra. Por si lo que no se puede controlar con migra, se controla con bayonetas.
Pero hay algo que no pueden controlar: la red. La que se tejió en los barrios, en los centros comunitarios, entre pastores, sindicalistas, madres, estudiantes. Gente que nunca había salido a la calle y que ahora duerme con el celular en la mano, viendo dónde patrullan los federales.
¿Por qué ahora? Porque siempre ha estado pasando. Pero ahora no cierran los ojos. Ahora dicen: aquí estamos. Aquí. En el frío. Con los pies congelados, pero vivos.
La pregunta no es si van a ceder. La pregunta es cuánto más pueden aguantar los que no tienen opción de irse.
Y qué hará el resto cuando el frío ya no sea solo del invierno.
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