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Un hombre blanco, de treinta y siete años, residente de Minneapolis, murió de varios disparos en la mañana del sábado 24 de enero de 2026. Lo encontraron en el lado sur de la ciudad, cerca de un edificio de ladrillo rojo que no tiene nombre, pero que todos allí conocen. Lo llevaron al Hennepin County Medical Center. Ya no respiraba.
No fue solo un tiro. Fueron varios. Tal vez más de un agente disparó.
La versión del Departamento de Seguridad Nacional dice que un individuo no identificado, armado, se acercó a agentes federales con una pistola 9mm. Que llevaba dos cargadores. Que no ofreció identificación. Que los oficiales temieron por sus vidas. Que fue un acto defensivo. Que el tipo quería “causar el mayor daño posible”, un “ataque masivo contra la ley”.
Pero el jefe de policía de Minneapolis, Brian O’Hara, dio otra versión en la rueda de prensa. Dijo que la víctima era un ciudadano estadounidense, blanco, que solo tenía antecedentes por multas de tránsito. Que tenía licencia para portar arma. Que no estaba en ninguna ficha policial más allá de eso. Que vivía ahí. Que era de ahí.
Entonces, ¿quién era el tipo armado que describió DHS? ¿Otro? ¿Un error? ¿Una confusión bajo tensión? ¿O una narrativa que se construyó antes de que el cuerpo tocara el suelo?
Este es el tercer tiroteo con agentes fronterizos en Minneapolis este año.
El 7 de enero, Renée Macklin Good, también de treinta y siete, madre de tres, fue baleada dentro de su SUV mientras se alejaba tras bloquear parcialmente una calle. El 14, Julio César Sosa-Celia, nacional venezolano, recibió un disparo en la pierna durante un forcejeo con oficiales de inmigración.
Y ahora esto.
Walz, el gobernador, subió un mensaje a redes sociales. Dijo: “Minnesota tiene ya”. Dijo: “Esto da asco”. Luego habló con alguien de la Casa Blanca. No dijo con quién. Pidió que se paralizaran todas las operaciones de inmigración. Inmediatamente.
Todo en enero. Todo en una ciudad que ya no aguanta.
No dijeron cómo se llamaba el muerto. DHS no lo reveló. Pero O’Hara dio detalles suficientes como para que alguien pueda saberlo. Como si ya supiera que iban a preguntar. Como si ya esperara el ruido.
Minneapolis no es Ciudad de México. Tampoco Caracas. Pero aquí también pasan cosas que no se cuentan bien.
Y esto no es nuevo. No es nuevo.
El año pasado, en Texas, un agente de ICE mató a un ciudadano estadounidense que tenía documentos. Dijeron que parecía indocumentado. En Arizona, hace dos años, otro ciudadano, legal, fusilado en un control vehicular. “Error de procedimiento”.
Aquí no se habla de esos casos después del lunes.
Pero en los barrios, en los supermercados, en las esquinas donde no hay cámaras, sí.
Walz habló con la Casa Blanca. Pero el presidente es Trump. Y Trump no para las redadas. No las para.
Bueno.
La gente dice que el aire en Minneapolis cambió en enero. Que los coches avanzan más rápido. Que las ventanas se cierran cuando pasan vehículos sin placas. Que nadie saluda a los foráneos.
Y ahora hay tres muertos.
Citado en uno de los comunicados de DHS, hace días, hablaban de tres “delincuentes violentos indocumentados” que habían atacado a agentes. Mencionaron a Sosa-Celia, pero no a Good. Tampoco al hombre del 24.
Como si solo los que no son ciudadanos contaran como víctimas. O como culpables.
Pero los ciudadanos también mueren.
Y nadie responde.
¿Por qué justo ahora en Minneapolis? Una ciudad con un alto porcentaje de población inmigrante, sí. Pero también vigilada, tensionada.
La foto que aparece en la nota… no importa quién la tomó. Muestra a agentes federales cerca de una cinta amarilla. Hay un charco oscuro en el asfalto. Nadie lo señala.
Abbie Parr. AP.
Ya.
El jefe O’Hara dijo que no les dieron aviso previo sobre la operación. Que no hubo coordinación. “No recibimos ninguna declaración de seguridad sobre el incidente…”
¿Qué significa eso?
Que actuaron solos.
Que decidieron solos.
Que dispararon solos.
Hace frío. El café ya no calienta.
La pregunta no es si el muerto era culpable.
Es por qué un ciudadano con licencia para portar arma terminó en el suelo, con varios impactos, en medio de una operación contra alguien más.
Y nadie puede explicarlo.
O no quiere.
No sé si fue hace dos semanas o tres, pero vi un video de un chico en Saint Paul, grabándose mientras decía: “Si me ven sin camisa, con las manos arriba, y me disparan… no fue mi culpa”.
Lo borraron al día siguiente.
¿Quién decide quién merece morir en nombre del orden?
Aquí no hay placa. Sí camionetas. Sí chalecos sin insignia.
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