EL PAÍS

Impactante purga militar en China: caen los máximos generales por deslealtad a Xi Jinping

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Zhang Youxia fue el último de los leales con botas.

No uno de esos burócratas de gala que desfilan en uniforme impecable cada siete de agosto, sino un hombre que olió pólvora. Que peleó en el sudeste asiático bajo la lluvia tóxica de herbicida y salió con una medalla que, hoy, debe pesar como plomo. Setenta y cinco años. Una carrera entera subiendo peldaños en el Ejército Popular de Liberación, hasta sentarse al lado derecho de Xi Jinping en la Comisión Militar Central. El segundo hombre más poderoso del aparato castrense chino. Hasta el sábado.

Lo han puesto bajo investigación. No lo han detenido públicamente, no hay juicio, no hay pruebas visibles. Pero el Ministerio de Defensa soltó el comunicado. “Graves violaciones de la disciplina y la ley”. Palabras que, en el argot de Pekín, son como una cuchillada envuelta en seda. Liu Zhenli, también héroe de guerra, jefe del Estado Mayor Conjunto, cae con él. Ambos tenían combate en la sangre. Ambos eran parte del último grupo de generales con experiencia real en campaña. Hoy, solo quedan dos en la CMC: Xi, por supuesto, y Zhang Shengmin, el hombre que supervisa las purgas.

Y aquí es donde empieza el temblor.

Porque no se trata solo de corrupción. O al menos, no de corrupción como comúnmente la entendemos: sobornos, maletines, lujos prohibidos. No. El editorial del Diario del Ejército Popular de Liberación fue explícito, con una furia poco habitual: “Pisotearon y socavaron de manera seria el sistema de responsabilidad del presidente de la Comisión Militar Central”. La palabra pisotear… en un medio oficial, eso no se olvida. Suena a traición. A desafío abierto. Como si hubieran cuestionado la autoridad absoluta del Comandante en Jefe. Como si algo —un plan, una decisión, un silencio— hubiera dejado de seguir el guion.

¿Y si no se tratara de dinero, entonces? ¿Y si se tratara de obediencia?

Hace semanas, en otro golpe, cayó He Weidong. Otro vicepresidente de la CMC. Expulsado del Partido, expulsado del Ejército. Ocho altos mandos más, fuera. Todos, o investigados o eliminados. Todos, menos uno, de los seis designados por Xi en 2022. Esto ya no es una limpieza. Es una cirugía. Con rayos X, sí, pero sin anestesia.

Lin Ying-Yu, de la Universidad de Tamkang en Taiwán —un tipo que conozco de unas conferencias allá por el 2019, creo—, lo dijo sin rodeos en un mensaje: esto no es solo limpiar corrupción, es asegurar el futuro. Xi está reemplazando a los viejos generales con hombres más jóvenes, más dóciles, que no tengan memoria de otras lealtades. Que no hayan peleado antes de él. Que no sepan lo que es tomar una decisión sin mirar hacia arriba.

Pero hay algo más. Algo que huele peor.

El Wall Street Journal suelta una bomba: Zhang habría filtrado secretos del programa nuclear chino. Información, supuestamente, a Estados Unidos. Fuentes anónimas. Siempre fuentes anónimas. Pero si es cierto, no es corrupción. Es alta traición. Y si no es cierto… ¿por qué inventar algo así?

Todos lo sabemos: en estos casos, la acusación no importa tanto como el momento. Y el momento es claro: Xi no quiere competidores. Ni vivos, ni en retiro. Ni con experiencia. Ni con héroes del pasado que puedan convertirse en símbolos.

Hablo con un académico de Hong Kong hace unos meses —creo que se llama Chan, o Cheng, no estoy seguro—, y me dice: “Esto no ha pasado desde Mao. Desde los años setenta. Cuando las purgas eran tan profundas que el Ejército dejó de saber quién mandaba”. Hoy, la pregunta no es si el Ejército sigue a Xi. La pregunta es si el Ejército sigue siendo un Ejército.

El Pentágono lo dijo en diciembre —antes de saber lo de Zhang—: estas investigaciones van a interrumpir la eficacia operativa. A corto plazo, China no peleará con tanta precisión. Pero también advierten: si sale adelante, podría tener un ejército más limpio, más disciplinado, más fiel. Más peligroso.

¿Y Taiwán?

Ahí está, flotando en el silencio. La isla observa. Washington observa. Y millones de personas, en islas y continentes, esperan saber si el hombre que manda a los tanques también puede confiar en los que están dentro de ellos.

La verdad es que no se sabe si Zhang traicionó a su país.
Tampoco si Liu firmó algo que no debía.
Pero se sabe esto:
nadie con historia, con combate, con nombre en la guerra,
queda ya en la cima.

Y eso no es casualidad.
No es casualidad.

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