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Ella camina entre fotógrafos como quien cruza un pasillo de espejos rotos. Cada paso, un reflejo distorsionado. Kim Keon Hee, antes primera dama, ahora condenada. Un año y ocho meses. Suena poco, sí. Pero no se trata del tiempo. Se trata de que, por primera vez, alguien así paga algo.
La sentencia no vino por manipular acciones ni por tocar fondos políticos. No. La limpiaron de todo eso. La condenaron por aceptar sobornos de la Iglesia de la Unificación. Dos bolsos Chanel, un collar de diamantes. Dos mil doscientos dólares en un bolso de Dior, capturado en cámara oculta en 2023. El escándalo empezó con un detalle ridículo, con algo tan banal como un regalo. Pero no fue un regalo. Fue un pacto.
Han Hak-ja, líder de esa secta, está ahora en juicio. La fiscalía dijo que Kim se alineó con ellos para socavar la separación entre religión y Estado. No lo dijo con furia, lo dijo con frialdad. Como quien señala una grieta en el cimiento de una casa: si no la tapas ahora, todo caerá después. Y ya cayó. Yoon Suk Yeol, su marido, expulsado del poder, con cinco años de cárcel encima por haber decretado la ley marcial en diciembre de 2024. Un intento desesperado, torpe, de sostener el control. Una semana después de vetar por tercera vez las investigaciones contra su mujer. No fue casualidad. Nunca lo es.
Hace unas semanas —no recuerdo bien la fecha— condenaron al ex primer ministro Han Duck-soo a veintitrés años. Ocho más de lo que pedía el fiscal. Ayudó a sostener el golpe civil, digamos así. Lo hicieron rápido, limpio, como si estuvieran acostumbrados a enterrar gobiernos sin hacer ruido. Pero hubo ruido. Demasiado.
Yoon, ahora, podría enfrentar pena de muerte. No por lo primero. Por otro caso. Aún no sé bien cuál. Algo separado. Algo más grave. Quizá no lo sepa nunca.
Ella, en su despedida, dijo que era “una persona de ninguna importancia” que había causado problemas. La frase me dejó frío. Una persona de ninguna importancia… Con esa frase se justifica todo. La corrupción. El abuso. El privilegio: disfrazarlo de humildad. Y todos lo sabemos. Todos lo hemos visto. No es nuevo, no es nuevo.
Pero no fue solo ella. Fue el sistema que la dejó entrar. Que le dio espacio. Que miró hacia otro lado cuando los bolsos llegaron, cuando los acuerdos se tejieron en silencio. Quién más recibió? Quién más aceptó? Quiénes son los nombres que no salen en la pantalla?
Y en medio de todo, el pueblo. Siempre el pueblo. Las elecciones de abril de 2024. Derrota contundente para el partido de Yoon. No fue solo política. Fue rabia. Fue asco. Fue gente cansada de que unos pocos conviertan el Estado en un negocio de familia.
Hoy, en Seúl, llovía. Al menos eso decía la foto de archivo, esa en la que llega a la fiscalía, con escoltas y mirada baja. Llevaba abrigo oscuro. Nada de Chanel. Pero el daño ya estaba hecho.
Y uno se pregunta: cuántos casos así no se han visto en otros lados? Cuántas esposas, cuántos cuñados, cuántos amigos del poder que nunca pagan? Aquí pagó una. Pero el régimen sigue?
O ya no?
Quién firma, al final, los papeles que nadie lee?
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