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Dhaka amaneció cubierta de silencio. Un silencio raro, denso, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración. A las seis de la mañana, ya había fila frente al colegio primario Mohammadia, en el barrio de Mohammadpur. Mujeres con sari azul, hombres con camisa abotonada hasta el cuello, jóvenes que ajustaban mochilas con una mano mientras sostenían su cédula con la otra. Nadie hablaba mucho. Solo miraban a los soldados. Y a los drones.
Los militares están en todos lados. No es una metáfora. No es exageración. Más de cien mil entre ejército, armada y fuerza aérea. A eso sumale doscientos mil policías. Un despliegue que no se había visto en ninguna elección del país. Ciento veintisiete millones de personas con derecho a votar, y de los casi cuarenta y tres mil centros de votación, casi la mitad están bajo alerta alta o moderada. Veinticuatro mil. Dos por dos son veinticuatro mil. No, no es error. Dos por cada cinco, dicen, podrían estallar.
Y aun así, la gente sale. Sale con el calor ya pegajoso en la nuca, sale con el recuerdo de 2024 todavía caliente: cuando los estudiantes tomaron las calles, cuando el grito contra Hasina se hizo insoportable, cuando ella cruzó la frontera hacia la India y no volvió. Ahora su partido, el Awami League, está prohibido. Ella, en el exilio. Su nombre apenas se pronuncia.
Pero el que aparece en todas las pancartas ahora es Tarique Rahman. Hijo de Khaleda Zia. Líder del BNP. El frente opositor. El que debería haber ganado en 2024, si no se hubiera boicoteado todo. Si no hubiera habido menos del 42% de participación. Ahora no boicotean. Ahora van.
Pero hay otro frente. Más oscuro, más callado, pero más creciente: Jamaat-e-Islami. Una coalición islámica de once partidos que nadie esperaba que llegara tan lejos. Y ahora, dicen los sondeos, podrían tener su mejor resultado desde la independencia en 1971. No es nuevo, no es nuevo. El islam político había estado marginado, juzgado por crímenes de guerra, desgastado. Pero ahora respira. Y vota.
Casi no hay mujeres. En una lista de más de dos mil candidatos, menos de cien. Ochenta y tres, para ser exactos. O sea: uno de cada veinticinco. El parlamento tendrá cara de hombre. De hombre joven, eso sí. Más de la mitad de los electores tienen entre 18 y 37 años. Son ellos los que no vivieron el pasado, los que no vieron la guerra, los que no conocieron el miedo a los golpes, pero los que sí conocieron el hambre, la inflación, la falta de trabajo. Los que salieron a las calles en 2024. Los que quemaron neumáticos y gritaron hasta quedarse mudos.
Muhammad Yunus —sí, el del microcrédito, el Nobel— ha estado al frente del gobierno interino. No se postula. Dice que este voto “no es rutina”. Que es la expresión constitucional de un despertar. Algo así dijo, no recuerdo bien, pero fue como una oración laica. Como si la democracia, por primera vez en mucho tiempo, pudiera volver a tener sentido.
Pero no todo está en blanco y negro. Hay algo raro en todo esto. Demasiada seguridad. Demasiados drones. Cámaras en el 90% de los centros. Nadie pregunta quién vigila a los que vigilan. Nadie dice cómo se aseguran de que el conteo no se arme antes de que se cierren las urnas. O qué pasa si los resultados tardan. O si no gustan.
Y hay otro dato: cincuenta partidos compiten. Un récord. Pero, en realidad, todos lo sabemos, los ricos no pierden. Los que tienen dinero, los que tienen tierra, los que tienen conexiones con el ejército o con el extranjero, esos siempre encuentran la manera. No importa el nombre del partido. No importa el cartel. El poder no cambia de manos tan fácil. Se transforma. Se adapta. A veces solo cambia de cara.
La fila sigue. El sol sube. Un joven entrega su cédula. Lo miran. Le marcan el dedo con tinta. Él se aleja sin sonreír. Cruza la calle. Mira hacia atrás. El soldado no lo mira. El dron sí.
¿Y si ganan los que no deberían?
¿Y si lo que sigue no es cambio, sino otra forma de lo mismo?
¿Y si el despertar, al final, solo sirve para legitimar lo que ya estaba?
No lo sé.
Pero el café ya se enfrió.
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