EL PAÍS

Manifestación ultraderechista en Lyon divide a Francia tras muerte violenta

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Quentin Deranque ya no respira, pero su nombre hoy pesa más que un cuerpo entero. Lo cargan en hombros de desconocidos, lo gritan en calles que él no eligió, lo envuelven en banderas que jamás cosió. Tenía veintitrés años. Unos lo recuerdan como un joven de mirada fija, otro como un miembro de un colectivo de extrema derecha en Lyon. A la una de la tarde, antes de que el sol calentara del todo, ya había drones sobrevolando los tejados como buitres programados.

La marcha empezó tarde, pero con disciplina. Tres mil doscientas personas, según la prefectura. No fue caos, no fue silencio. Fue tensión medida en metros: un recorrido de kilómetro y medio, cerrado con vallas invisibles, vigilado desde el aire, con policías en cada esquina y trenes revisados hasta el último tornillo. No querían que viniera nadie de fuera. Italia, sobre todo. Suiza. Ya se sabe cómo terminan estas cosas: con humo, con sangre, con excusas después.

La familia no estuvo. No quiso. Mandó un mensaje por abogados: que todo fuera pacífico, sin banderas, sin consignas, sin política. Como si el duelo fuera un espacio neutro, cuando todo en esta historia ya está tomado. Por un lado, siete personas imputadas, la mayoría del grupo Jeune Garde. Ese que fue disuelto por el Estado. Ese que, dicen, estaba cerca de La Francia Insumisa. Uno de ellos, incluso, trabajaba para un diputado del partido. Raphaël Arnault. El nombre está ahí, flotando. Sin que nadie lo diga del todo.

Macron habló antes, desde París, rodeado de tractores y cámaras. Dijo que era momento de reflexión. Que hay que exigir responsabilidades, después. No dijo cuándo es “después”. No dijo quién lo hará. Pero anunció una reunión esta semana: con el ministro del Interior, con otros. Van a revisar todos los grupos violentos vinculados a partidos. “Sin importar la afiliación”, dijo. Lo repitió. Como si eso bastara para limpiar las calles.

Jordan Bardella, presidente del Reagrupamiento Nacional, pidió que sus militantes no fueran. No porque estuviera en contra del homenaje, sino porque temía que otros, más extremos, se colaran. Que lo mancharan. Que el ojo del mundo los confundiera. “No nos queremos asociar”, dijo. Pero su silencio pesa igual. O más.

Doucet, el alcalde ecologista de Lyon, pidió que no se autorizara nada. “No queremos que Lyon sea una ciudad vinculada a la ultraderecha”, dijo. Y mencionó a Jean Moulin. Sí. La resistencia. El maquis. La memoria que se viste de héroes cuando conviene. Pero la historia no se repite. Solo se acelera.

Y el joven muerto, entre todo eso, ¿dónde quedó?

Me queda una duda: cuántos de los que hoy gritaron su nombre sabían quién era, en verdad. Cuántos lloran por él, y cuántos solo usan su cuerpo como pólvora.

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