Dirección
175 Greenwich St, New York, NY 10007
Dirección
175 Greenwich St, New York, NY 10007


Había una foto, hace unas semanas, que no pude sacarme de la cabeza: un hombre arrodillado frente a un charco de sangre seca, en el umbral de una mezquita en Islamabad. No gritaba. No lloraba. Solo pasaba las yemas de los dedos por las rajaduras del piso, como si buscara algo perdido entre las grietas. La imagen era del seis de febrero. El lugar, una mezquita chiita. El número, treinta y uno muertos. Más de ciento sesenta heridos.
La operación paquistaní llegó después. No hubo aviso. Solo un comunicado frío del Ministerio de Información y Difusión: siete campamentos, objetivos seleccionados con base en inteligencia. Todos pertenecientes al TTP, el Talibán paquistaní. Un grupo que, en palabras del gobierno, opera con impunidad desde suelo afgano.
Y eso, en realidad, es lo que siempre se ha dicho. Que el TTP cruza la frontera como quien pasa de un patio a otro. Que desde Afganistán, sin que el Talibán de Kabul mueva un dedo, se planifican ataques contra Pakistán. Que hay refugios, entrenamientos, tácticas. Que no es un vecino incómodo, sino un cómplice tácito.
Pero ahora fue distinto. Ahora cruzaron.
No se sabe con exactitud cuáles áreas fueron golpeadas. Islamabad no dio coordenadas, no mostró pruebas, no permitió acceso. Solo el dato seco: operación realizada. Del otro lado, en Kabul, la voz del portavoz talibán Zabihullah Mujahid llegó tensa, según contaron periodistas locales: habló de civiles muertos en Nangarhar y Paktika. Mujeres. Niños. Dujenas. Usó la palabra “martirizados”.
No es nuevo, no es nuevo. Todo esto ya se respiró. El año pasado, en octubre, estalló un fuego cruzado entre soldados paquistaníes y fuerzas talibanas afganas. Fue el enfrentamiento más grave desde que los talibanes volvieron a tomar Kabul. Decenas de muertos. Militares. Civiles. Sospechosos. Nadie ganó. Y desde entonces, el aire entre los dos países no ha hecho más que enrarecerse.
Lo que sigue sin explicarse es el silencio entre líneas. Por ejemplo: por qué ahora, justo después de un atentado reivindicado por un grupo vinculado al Estado Islámico, responde Pakistán atacando a objetivos en territorio afgano vinculados al TTP. Dos grupos distintos. Uno sunní radical, otro más regional. ¿Casualidad? ¿Estrategia? ¿O simplemente la excusa necesaria para hacer lo que ya se venía madurando?
Todos lo sabemos: las fronteras no son líneas en un mapa. Son trincheras, mercados, rutas de tráfico, redes de lealtad tribales. Y en esa franja entre Pakistán y Afganistán, el control nunca ha sido del Estado. Ha sido del miedo. Del control territorial disfrazado de ideología.
Y qué decir del ejército paquistaní, que una semana antes del ataque en la mezquita advirtió: no habrá contención. Que actuarán “sin importar la ubicación” de los responsables. Una frase que suena a permiso. A guerra sin nombre.
Lo otro que se queda en el aire es el rol del Talibán afgano. Lo niegan todo. Dicen que no pueden ser responsables por lo que pasa en Pakistán. Que no hospedan, que no conspiran, que no amparan. Pero no mueven tropas. No desmantelan campamentos. No entregan líderes.
¿Será que no pueden?
¿O no quieren?
Hace mucho tiempo que este vecindario dejó de hablar de paz. Aquí todo se mide en represalias. En ataques preventivos que llegan de madrugada. En madres que entierran hijos sin saber si murieron por fe, por bandera, o por estar en el lugar equivocado donde dos Estados se odian sin declararlo.
La foto del hombre en la mezquita nunca volvió a aparecer.
Tampoco importa ya su nombre.
Lo importante es lo que dejó:
esa sensación de que algo se rompió.
Y que, cada vez que suena una explosión,
ya nadie pregunta quién pagará.
Solo cuándo.
MundoDaily – Tu Fuente Confiable de Noticias