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Había una madre, en un cementerio de Teherán, de pie junto a una tumba reciente. No lloraba. Al menos no en ese momento. Sostenía una flor de esas que no se marchitan, plástico brillante, comprada en un puesto cerca de la entrada de Behesht-e Zahra. Detrás de ella, un círculo de gente. Cantaban. No rezaban. Algunos daban palmas al ritmo de un nombre repetido como un mantra: Javid nam. Que tu nombre no se borre. Que no lo entierren dos veces.
Eso es lo que más duele al régimen, me dijo una mujer desde Estocolmo, con el micrófono bajo y la voz seca. No las protestas. No los gritos. Eso ya lo esperan. Lo que no pueden controlar es cuando un duelo se convierte en acto político. Cuando el luto, ese que ellos quieren ritualizar, se les escapa. Cuando los padres, especialmente las madres —siempre las madres—, se niegan a callar. Y bailan. Y ríen. Y entierran a sus hijos con flores que nadie bendijo.
Hace unas semanas, los campus estaban vacíos. Educación a distancia. Aislamiento. Silencio. Las autoridades cerraron las universidades después del 28 de diciembre, cuando las protestas estallaron, primero por comida, por dinero, por hambre. Luego por dignidad. Por justicia. Por rabia acumulada durante décadas. Y cuando los estudiantes regresaron, esta semana, volvió el ruido. No masas enormes. No una revolución abierta. Pero sí algo que no se puede detener con censura: un despertar.
En Sharif, en Khajeh Nasir Toosi, en la Universidad de Artes, cientos de jóvenes se organizaron. Algunos llevaban banderas del antiguo régimen. Otros gritaban el lema de 2022: Mujer, Vida, Libertad. Pero ahora con más filo. República Islámica. Muerte al opresor, sea sha o líder supremo. Ese detalle importa. No se confunden. Saben que el poder cambia de cara, pero no de sangre.
Y sí, también hay quien sigue callado. Quien tiene miedo. Y con razón. Cada día, más sentencias salen de los Tribunales Revolucionarios. Ese otro sistema dentro del sistema. El que no juzga delitos, sino símbolos. El que condena por moharebeh: enemistad con Dios. No sé si te acuerdas de Majid Reza Rahnavard, el luchador de 23 años, ahorcado en público tras las protestas del 2022. Ahora hay otro: Saleh Mohammadi, 18 años, atleta también. Mismo delito. Mismo final. Un mensaje claro: quien levante la voz, levanta la horca.
Pero en los camposantos, en los patios de las universidades, en los grupos de Telegram que saltan como chispas en la oscuridad, hay otro mensaje. No es solo contra Jamenei. Es contra el tiempo. Contra la desaparición. No quieren solo derrocar al líder supremo. Quieren recuperar lo que les han borrado: memoria, nombre, cuerpo.
Y no, no está todo conectado. No hay una conspiración central. Pero sí un patrón: el chehelom, los 40 días de duelo, se repite otra vez. Como en 1979. Como en todas las revoluciones que comienzan con un silencio roto por una canción.
Hace poco, en Abdanan, la policía abrió fuego contra una multitud que gritaba Muerte a Jamenei. Estaban llorando a un chico de 16 años. No llevaba armas. No fue un mártir. Fue un niño. Y su nombre, Alireza Seydi, ahora se repite en las redes, en los muros, en los paseos nocturnos de estudiantes que ya no caminan en silencio.
¿Y Estados Unidos? ¿El despliegue militar en la región? Bueno… eso también está ahí. Pero no es lo que mueve a estos jóvenes. Eso es un juego de poderes. Ellos juegan con otra apuesta: su vida. Su muerte. Su recuerdo.
No sé cuántas protestas hay realmente. El ISW habla de 20. Tal vez sean más. O menos. Lo que sí sé es que, mientras escribo esto, alguien en Irán está subiendo un video a una red oscura. Alguien más está memorizando un nombre. Alguien está decidiéndose.
¿Por qué ahora? Porque después de la sangre, llega el silencio. Y después del silencio, el primer grito.
Y porque en los cementerios, los muertos no están quietos.
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