Remains of St. Francis displayed in Assisi

Restos de San Francisco en exhibición inédita tras 800 años

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Una mujer se persignó frente al vitral del lado sur. Lo hizo despacio, como si ya no creyera del todo, pero tampoco pudiera dejar de hacerlo. A sus espaldas, una cola serpenteaba bajo el cielo gris de Assisi, gente que venía de tan lejos que algunos aún llevaban el olor del avión en la ropa. No eran muchos los que hablaban, aunque todos tenían cara de haber cruzado algo más que fronteras.

Hace casi ochocientos años que no se veía esto. No así. No para cualquiera con un registro y un pasaporte. El hueso del santo detrás de un bloque de plexiglás, quieto como una prueba. No en una urna, no bajo tierra, no en secreto. Aquí, al alcance de una mano que puede rozarlo, aunque sea el cristal.

La primera vez que lo sacaron fue en 1978. Un día. Un grupo pequeño. Nadie sabe bien quiénes, ni cuántos. Algo así como un ensayo. Ahora, en cambio, hay listas, fechas, protocolos. Cuatrocientas mil personas anotadas. Casi una ciudad entera movilizada para ver lo que no se ve: los restos de quien renunció a todo para vivir entre los leprosos y los pájaros.

Francisco nació alrededor de 1181. Hijo de comerciante. Rico. Joven. Y un día tiró todo. No por misticismo fácil, sino por una urgencia que hoy suena como un eco distorsionado: pobreza, no como penitencia, sino como revolución. Fundó una orden. Caminó descalzo. Habló con las criaturas como si fueran hermanas. Y murió, finalmente, en una pequeña cabaña fuera del pueblo.

Lo enterraron en un lugar oculto. No por miedo, sino por protección. Duró siglos. Hasta que en 1818 el papa Pío VII dio permiso para abrir la tierra. Y allí estaba. El cuerpo dentro de un sarcófago de piedra, dormido en la humedad del subsuelo. Lo trasladaron al subsuelo de la basílica, a un cripto nuevo, hecho a medida. Y ahí se quedó. Hasta ahora.

Este traslado fue distinto. Lo subieron al templo bajo, cerca del altar. No en procesión, pero con ceremonia. Como si no fuera suficiente que el tiempo lo hubiera reducido a polvo y cartílago: había que moverlo para que todos pudiéramos decir que lo vimos. Que estuvimos cerca.

Habrá quién diga que es devoción. Que es memoria. Que es justicia espiritual por el hombre que cambió una religión desde abajo. Pero también está lo otro: el peso de una institución que, por primera vez en ocho siglos, decide abrir el cajón. ¿Por qué ahora? ¿Qué necesita demostrar? ¿Qué necesita callar?

En Venezuela, cuando desaparecen los cuerpos, se arma el silencio. Aquí, en cambio, el cuerpo aparece. Y se exhibe. Con control. Con horario. Con registro. Y con permiso para tocarlo.

No sé si la gente que espera ahí afuera piensa en eso. En que tocar el cristal no es tocar a Francisco. Es tocar la máquina que lo conservó, lo ocultó, lo juzgó santo, lo enterró, lo excavó, y ahora lo ofrece como prueba de algo que ya nadie puede comprobar.

Octubre 4 vuelve a ser feriado en Italia. Como antes. Como si el tiempo hubiera dado vuelta. Como si el calendario pudiera redimir lo que el presente no puede cargar.

Pero ahora son las dos de la mañana. El café se quedó frío. Y la cola sigue ahí, moviéndose lentamente hacia adentro.

¿Qué buscan, en realidad?

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