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El hombre habló mirando hacia adelante, sin sonreír. Tenía los dedos apoyados en el podio como si midiera la temperatura del mármol. Del otro lado del salón, las bancas vacías de algunos parlamentarios israelíes no se llenaron ni siquiera cuando él dijo lo de las civilizaciones. Dijo algo así como que dos pueblos antiguos, dos almas viejas, se reconocían al fin. No recuerdo bien las palabras. Algo de ríos sagrados, de escrituras milenarias. Pero no citó a ningún profeta hindú. Ni mencionó el Ganges. Tampoco el Nilo, claro. Solo Israel. Solo India. Como si el tiempo comenzara ahí y no en otras partes del fuego.
Yo estuve ese día en New Delhi, hace unas semanas —o fue en enero, no estoy seguro—, siguiendo el rastro de una entrega de drones. Contratos. Firmas en inglés con nombres indescifrables. Pero todo llevaba, al final, a Tel Aviv. No directamente. Primero Emiratos. Luego un puerto en Kerala. Luego un memorando sin sello. Y de vuelta, armas. No importa el modelo. Importa quién las pide. Importa quién calla.
Aquí, en Caracas, nadie habla de eso. Pero en las cafeterías de Mumbai, en las que quedan abiertas hasta tarde, los muchachos de las ONGs dicen que el gobierno está comprando más de lo que necesita. Que hay depósitos en Rajasthan donde se acumulan cajas sin abrir. Que algunos camiones nunca llegaron a la frontera con Pakistán. Que las facturas tienen sellos de empresas que no existen, pero que facturan en shekels.
Modi habló como si el pasado fuera un espejo. Netanyahu respondió como si el presente ya estuviera escrito. Nadie mencionó Gaza. Nadie nombró Cachemira. Tampoco Afganistán. Tampoco el precio del trigo, que sigue subiendo en los mercados de Calcuta. Todos lo sabemos: hay alianzas que se pactan con silencios.
Hace décadas, Indira Gandhi mantuvo distancia. No por moral. Por estrategia. Entonces, Israel era un incendio lejano. Hoy, es socio. Y los socios no preguntan. Los socios firman.
¿Quién gana cuando dos Estados se abrazan con los ojos cerrados? ¿Quién se queda fuera?
Pregunto porque en una base cerca de Barmer vi un logo pequeño, casi borrado, en un contenedor. Era de una firma india, pero el número de registro no coincide con ninguno del Ministerio de Defensa. Lo busqué. Nada. Como si nunca hubiera existido. Pero el contenedor sí. Y las balas dentro también.
¿Civilización? Claro. Pero también hay un cable submarino que une Haifa con Kochi. Y otro contrato, este sí filtrado, de inteligencia artificial para vigilancia fronteriza. Lo firma una empresa de Tel Aviv. Lo ejecuta una filial en Chennai. Nadie en el Parlamento indio lo discutió. Solo votaron elogios.
Y ahora esto: discursos en el Knesset como si fueran homilías. Como si milenios justificaran lo que hoy se negocia con drones y datos.
¿Y los otros pueblos? ¿Los que no tienen Estado pero sí historia?
Silencio.
Bueno… silencio no. Hay un sonido. El de las hélices.
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