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Galle, Sri Lanka, 5 de marzo de 2026. Dos hombres en ropa de combate mojada, el cabello pegado al cráneo, caminan entre dos filas de militares. No hablan. Uno lleva la mano derecha envuelta en tela sucia. No sangra, al menos no ahora. Detrás de ellos, un oficial del ejército cingalés les indica el paso. Hacia el hospital. Hacia el médico forense. Hacia algo que no es rescate, pero tampoco cautiverio. Algo en medio.
La IRIS Dena se fue al fondo el miércoles. Hundida por un submarino yanqui, según todos los cables. Estaba en aguas internacionales, eso es claro. Lo otro, no tanto. El barco venía de un ejercicio naval en la India, una exhibición de poder con 74 países, como si la paz se midiera en fragatas. La Dena participó. Fotografiada días antes en el golfo de Bengala, bajo un cielo plomizo, lucía limpia, casi ceremoniosa. Ahora solo quedan cuerpos. Ochenta y siete.
El Bushehr, en cambio, aún flota. Es un barco logístico, con helipuerto, como esos que llevan comida, combustible, noticias de casa. Mil doscientas toneladas de metal que ahora está amarrado a una decisión: qué hacer con un barco iraní que pide ayuda cuando su hermano acaba de ser enviado al fondo del mar por un aliado de Estados Unidos.
Sampath, el vocero de la Marina de Sri Lanka, dice que bajaron 204 marineros. Todos sanos. Todos procesados. Unos quince se quedaron a bordo, con tripulantes cingalesas. Supuestamente para ayudar con una falla en el motor. Pero no se sabe bien qué falla. Tampoco quién lo dijo primero.
El presidente Dissanayake habla de convenciones internacionales. De no tomar partido. De vidas preciosas. Lo dice en inglés en una rueda de prensa, y luego en sinhala, en su cuenta de X. Como si necesitara convencer a dos países distintos.
Hay un detalle que no encaja. Tres australianos estaban en el submarino que hundió la Dena. No como comandantes. No como mandos. Pero estaban. Parte del programa AUKUS, ese pacto trilateral que suena a alianza de defensa, pero huele a base militar futura, a puerta de entrada al Pacífico Sur.
Un analista en Tokio —creo que se llama Yamamoto— dice que Sri Lanka es neutral. Que no está en guerra. Que puede permitir el ingreso del barco. Que, una vez atracado, el Bushehr sigue siendo propiedad de Irán. Que Colombo no puede registrar sin elegir bando.
Pero ya lo eligió.
No con armas, no con declaración. Con acción. Tomó el barco. No lo hundió. No lo devolvió. Lo puso bajo custodia.
Hablan de humanidad. Hablan de leyes. Pero nadie dice cuántas veces un estado pequeño se ha quedado en el medio cuando los grandes se pelean lejos de sus fronteras. Vietnam. Líbano. Panamá. Chile.
En Trincomalee, el puerto más profundo del sur del país, el barco espera. Y los marineros también.
¿Qué hay en los manuales que los iraníes están traduciendo? ¿Instrucciones de maniobra? ¿Códigos de comunicaciones? ¿O simplemente una forma de decir: estamos haciendo algo, no nos desarmen?
Australia dice que no fue avisada del ataque. Dice que apoya la no proliferación nuclear. No dice si los tres soldados a bordo del submarino pudieron negarse a participar. Neil James, del think tank australiano, dice que no fue un australiano quien presionó el botón. Alguien más lo hizo.
Claro. Siempre es otro.
Aquí, en Colombo, nadie grita. Nadie miente directamente. Pero tampoco se dice todo.
La guerra no está aquí. Pero llegó.
Con un barco averiado. Con un motor que falla. Con veinte marineros que quedan a bordo, como si nada.
Y con tres hombres en un submarino que no pertenece a su país, viendo por un tubo lo que queda de una fragata iraní hundiéndose en el fondo del océano indio.
¿Cuánto tiempo tarda un barco en desaparecer bajo el agua?
Minutos.
¿Y cuánto tarda un gobierno pequeño en perder su neutralidad?
A veces, solo basta una llamada de auxilio.
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