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175 Greenwich St, New York, NY 10007
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Había un hombre ayer por la mañana, parado frente a una puerta metálica cerrada con candado y soldadura. No rezaba, no gritaba. Solo observaba. Detrás de él, decenas de hombres en fila, algunos con las alfombras enrolladas bajo el brazo, otros con las manos vacías. Nadie entraba. Nadie salía. El mosaico dorado del domo, allá arriba, brillaba como si nada hubiera pasado. Como si no fuera marzo. Como si no estuviera pasando esto.
Y la calle se llenó. Pero no dentro. Fuera. Como cuando no te dejan entrar a tu propia casa, y te quedas en la banqueta, rezando por la ventana.
Lo de Irán, lo del conflicto, todo eso suena lejos. Pero en Jerusalén, en las piedras calientes de la explanada, no suena lejos. Suena a medida. A excusa. A repetición.
Porque esto no es nuevo, no es nuevo. Cada vez que el mapa se tensa, que el fuego cruza, que alguien en Tel Aviv o Teherán dice una palabra fuerte, aquí, en la mezquita, bajan las rejas. Hablan de seguridad. Pero la seguridad siempre tiene un rostro: el de quienes tienen permiso para entrar, y el de quienes no.
Y en medio, se quedan los fieles. Los que vienen desde Hebrón, desde Gaza, desde Nablus. Los que llegaron antes del amanecer. Los que no saben qué guerra se libra en su nombre hoy, pero sí saben que no les dejaron pasar.
Hubo condenas, claro. Ministros, cancilleres, comunicados. Países enteros —se dice— alzaron la voz. Pero las voces no abren candados.
Recuerdo, hace como unos diez años, una situación parecida. También en Ramadán. También con las puertas cerradas. La diferencia fue mínima: entonces, hicieron turnos de media hora. Ahora, nada. El vacío. El silencio. El rezo en el asfalto.
No recuerdo bien el nombre del comandante que dio la orden, pero sí su foto: uniforme, barba corta, mirada fija hacia la cámara. Como si estuviera en guerra con algo que no entiende. O que entiende demasiado bien.
Hablo con un tipo, allí mismo, en la calle. No quiere decir su nombre. Solo me mira y dice: “¿Tú crees que Dios vive dentro de un templo o dentro de la prohibición?”
Y no responde. Tampoco yo.
¿Quiénes son los muertos visibles en esta historia? Ninguno. Aún. Pero los hay. Los hay. La violencia no siempre es un disparo. A veces es un permiso negado. Un rezo en el frío. Una niña que pregunta por qué no puede ver el interior del lugar del que le habló su abuela.
Y si esto fuera en Rio de Janeiro, si fuera en Bogotá, si cerraran una iglesia, una catedral, por una tensión diplomática entre Brasil y Argentina… ¿alguien lo permitiría?
Claro que no.
¿Por qué aquí sí?
No lo sé.
Pero el hombre de la puerta sigue allí. No se mueve. Tiene los ojos cerrados. Ahora sí reza.
Y el domo sigue brillando.
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