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Luis von Ahn sonríe en una foto archivada, el pelo aún oscuro, el gesto limpio de dudas. Fundó Duolingo como si fuera un acto de justicia: aprender idiomas, traducir textos, alimentar máquinas. Todo gratis. Todo limpio. Pero ahí, en medio del juego, algo se torció. O quizás nunca estuvo derecho.
Hace años —no recuerdo bien cuántos, tal vez una década— alguien en una universidad de Nueva York comenzó a preguntarse: ¿quién trabaja cuando yo solo intento probar que no soy un robot? Alguien marcando cruces en ventanas, identificando puentes, semáforos, bicitas. Millones de clics al día. Gratis. Sin contrato. Sin que nadie lo pida. Así nació el ESP Game. Luego reCAPTCHA. Luego Google entró. Luego la venta. Luego el dinero.
Y luego Duolingo. Claro, Duolingo.
Todos lo usamos. Mi sobrina se levanta temprano para acumular XP, como si fuera una batalla. Pero en realidad está etiquetando frases, construyendo bases de datos, entrenando inteligencias artificiales que ya no necesitan humanos. O sí. Los necesitan, pero sin pagarles. Mejías —creo que se llama Ulises Mejías— lo dijo en una entrevista que leí hace semanas: lo que parecía un bien común terminó en manos de uno solo. Von Ahn se quedó con los datos. Google con los derechos. Y el resto, nosotros, con la ilusión de aprender.
Hubo un tiempo en que Internet sonaba a libertad. A comuna. A huir del poder. Stewart Brand, ese tipo de los años setenta, hablaba de información libre como si fuera oxígeno. Steve Jobs, con su aire de gurú, juraba que el ácido le había abierto la mente. Y Barlow, el poeta de los Grateful Dead, escribió aquella declaración ridícula: “Gobiernos del mundo industrial… dejadnos en paz”.
Pero el sueño tenía un problema. No existía fuera de California. Y estaba lleno de hombres. Blancos. Privilegiados. Turner, el historiador de Stanford, lo dejó caer con suavidad: “Construyeron un mundo de patriarcado y pensaron que era utopía”. Y tenía razón. Porque lo que llamaron liberación terminó siendo una mina. Nosotros, el mineral.
Ahora, cada vez que traduzco una oración en Duolingo, cada vez que elijo entre dos imágenes de autobuses, estoy extrayendo valor. Mi cerebro, mi atención, mi tiempo. No es trabajo. Pero produce riqueza. Y esa riqueza no se reparte.
Hay un dibujo viejo que vi por ahí —un plum pudding con forma de planeta, cortado por dos tipos con cuchillos: Napoleón y Pitt. Lo usó Couldry, el coautor del libro ese sobre la extracción de datos. “La apropiación de tierras ya no es con cañones”, dijo más o menos. “Ahora es con clics”. Y es cierto. No nos invaden con ejércitos. Nos invitan a jugar.
En el fondo, la pregunta no es cómo funcionan los CAPTCHAs. Es quién se queda con lo que construimos entre todos. Porque esto ya no es tecnología. Es colonización. Silenciosa. Diaria. Codificada en cada cuadro que marcamos.
¿Y los jóvenes? Algunos se están dando cuenta. Casi la mitad de los adolescentes en Reino Unido dicen que preferirían no haber crecido con Internet. Otros se organizan. Paralizan centros de datos. Exigen condiciones. Pero es poco. Muy poco.
Turner, al final, dijo algo que no olvido: “Nuestra atención debe estar en la política, no en las máquinas”.
Pero ya no sabemos cómo mirar hacia otro lado.
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