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Piratería explosiva en el Cuerno de África: grupos armados secuestran petrolero y reabren crisis

La mañana del sábado, mientras el sol aún no habían terminado de calentar las cubiertas del MT EUREKA, nueve manos cerraron sobre puentes de comando como si conocieran cada perno desde antes de nacer. No eran marinos, ni turistas, ni siquiera delincuentes comunes: eran hombres que sabían leer el océano como otros leen un calendario, y que hoy usaban lanzagranadas como si fueran herramientas de taller.Doce almas a bordo —egipcios, indios—, todos silenciosos ahora, con la mirada fija en el horizonte que ya no les pertenecía. El petrolero, bajo la bandera de Togo, era solo un trozo de metal que flotaba sobre petróleo y miedo. Lo desviaron hacia el noreste de Somalia, no como error, sino como anuncio: esto es territorio recuperado.
Hace menos de dos semanas, en la misma zona, otro pirata —o su hermano, o su primo— abordó un barco pesquero a poca distancia de las costas de Somalia. Con él, más tarde, devoraron otro buque. No es casualidad. Es método: primero robas el bote pequeño, luego usas su casco como camuflaje para acercarte al grande sin levantar sospechas. Alguien en tierra, en un pueblo que ya no pesca porque las redes están vacías o rotas, está coordinando esto. Alguien que antes se levantaba a las cinco de la mañana, con las manos heladas, a tirar del cabo; hoy mira el radar y planea estrategias con GPS y radiofrecuencia, mientras sus hijos duermen en camasque huelen a pescado malo y dinero recién cobrado.
¿Por qué ahora?
Porque la guardia naval internacional ya no patrulla como antes. Porque los barcos extranjeros siguen traulando sus redes por aguas somalíes, pese a los Acuerdos que nunca se firmaron en realidad, sino que se dibujaron en papeles que terminan en archivos de La Haya o Bruselas. Porque el monzón cedió y el mar dejó de ser enemigo. Porque en Puntlandia, donde todo tiene dueño o nadie lo reconoce, hay jóvenes que ya no tienen pesca ni trabajo ni futuro —y sí, sí, me dijo Omar Mahmood, del International Crisis Group, que visitó comunidades costeras el año pasado, y que los adolescentes que antes jugaban fútbol con pelotas de trapo hoy preguntan: “¿Cómo hacemos para que nos paguen por proteger lo que nos roban?”
No es nuevo, no es nuevo.
En 2008, cuando la piratería explotó, lo mismo dijeron: “Estanquemos el mar”. Enviaron buques, instalaron cámaras, ofrecieron radares, y mientras tanto, en Galkayo, en Bosaso, en Qandala, seguía desapareciendo el atún, el jurel, el bonito. Las flotas chinas, taiwanesas, coreanas, incluso las de Europa —con banderas falsas o licencias que ya nadie recuerda haber otorgado—, seguían descargando toneladas en sus holdes mientras las madres vendían algodón de azúcar en lasplayas secas, contando cuántas veces podría comer su hijo en los próximos tres días.
Aquí no hay capitanes Nemo, ni barcos encantados, ni islas de oro. Solo mares vacíos y una cuenta corriente que crece con cada rescate. El último conocido: cinco millones de dólares. Cinco millones que se dividen en tres capas: el grupo que sube a la nave, los que financian el viaje, y los intermediarios que esperan en un hotel de Mogadiscio, o Djibouti, o quizás en un apartamento en Dubai, con café recién hecho y una línea criptográfica encryptada que no deja huella.
Alguien en Somalia me dijo —creo que se llama Mohamed, pero no estoy seguro— que antes, cuando un barco pesquero de su pueblo fue asaltado por extranjeros, nadie lo llamó pirata. Era un robo, claro. Pero cuando ellos, a su vez, levantaron armas, fue como si el océano les hubiera devuelto el golpe. Como si dijera: si el mar es tu caja fuerte y te roban la llave, ¿cómo vas a dejar que te roben también la caja?
Todo eso es cierto. Todo eso es real.
Pero nadie contó cuántos pescadores dejaron de salir al mar desde entonces, cuántos barcos se hundieron sin rescate, cuántas familias se disolvieron en silencio.
Y mientras escribo, me pregunto:
¿a quién creen que le importa esto en Caracas, en Ciudad Bolívar, en Barcelona?
¿A alguien que no ha sentido el sabor salado de perder algo que no se puede recuperar?
Hoy, el MT EUREKA sigue navegando.
Con diésel a bordo, con 12 corazones atrapados en un metal que no escucha.
Y en algún puerto de Somalia, alguien cuenta billetes que no lavó, pero que sí olvidó —porque sí— poner en el banco.
No es nuevo.
No es nuevo.
Pero ahora… ahora hay menos buques de guerra, más barcos pesqueros vacíos, y un océano que empieza a recordar su propio nombre.
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