EL PAÍS

Ejecuciones casa por casa: Ruanda y M23 sangran Uvira tras romper la paz

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Esa noche del 10 de diciembre, en Kasenga, un barrio de Uvira donde el polvo del lago se queda clavado en los dientes, un padre se escondió detrás de una puerta de madera agrietada, con las palmas pegadas al suelo de tierra. Escuchó los disparos antes que los gritos. Cuatro balazos. Primero en la cabeza. Luego en el pecho. A sus cuatro hijos: de veintitrés, veintiuno, veinte y dieciséis. Años atrás, él hubiera corrido. Hoy solo apretó los dientes hasta que sangró la lengua.

Su hijo menor, de doce, aún respiraba. Pero los hombres del M23 no se fiaron. Le apuñalaron en una pierna con la bayoneta para asegurarse. Lo dejaron tumbado entre los cuerpos de sus hermanos.

No fue un error. No fue combate. Fue limpieza.

Y eso es lo que hace más difícil de tragar: que no hubo batalla. Solo ocupación. Las tropas ruandesas y el M23 entraron en Uvira con los fusiles calientes de la toma, pero los asesinatos comenzaron cuando ya la ciudad estaba quieta. Cuando las FARDC huyeron hacia las colinas, cuando los Wazalendo se desvanecieron entre los mercados deshechos. El silencio del 11 de diciembre fue más espeso que el fuego del 10.

Todos lo sabemos: en el este del Congo, las balas no mandan mensajes, mandan cadáveres.

No es nuevo, no es nuevo: Ruanda niega, Kigali se distancia, los comandantes del M23 —Bertrand Bisimwa, Corneille Nangaa, Lawrence Kanyuka— hablan de protección de comunidades, de derechos tutsis. Pero cuando el niño de doce años levantó la cabeza entre los muertos, lo que vio no fue libertad. Vio botas ruandesas, distinctive rojo en las mangas, y oídio kinyaruanda que no suena como un idioma… sino como una sentencia.

La ONU ya avisó en octubre de 2025: ejecuciones, desapariciones, violaciones sistemáticas. Pero acá no se trata de informes. Se trata de la mujer de Rugenge que se agarró de la puerta mientras los M23 se llevaban a su esposo. Su hija de siete años gritaba ¡Papá! y alguien le disparó una sola bala en el estómago. No hubo justicia. Solo desaparición. Y luego el cuerpo nunca lo encontraron.

La violencia sexual tampoco es sorpresa. Pero lo que sí se rompe —lo que no se nombra bastante— es el vacío de atención médica después. Ocho casos documentados en Uvira, pero cientos que ni llegaron a los papeles. Una mujer me dijo —más o menos así—: “Me ataron con mi propia blusa y me violaron tres. Cuando mi marido se lançó, le partieron el pecho con una bala. Luego se fueron a por el niño del vecino…” No hay palabras para lo que sigue. Solo hemorragias. Sífilis no declarada. VIH sin profilaxis porque el kit se agotó desde enero… y la ayuda de Estados Unidos se cortó como un cable mal soldado.

Y mientras tanto, los responsables duermen en Huye, en Gisenyi, en Kigali —donde el café se sorbe sin ruido—. Las Fuerzas de Defensa de Ruanda cruzaron la frontera. Algunos nombres se known —pero no los diré todos, porque aún temo que los borren antes de que el papel los imprinte—. Un comandante, dos, tres… pero todo sigue en la mesa de Lewis Mudge, en el cuarto oscuro de su oficina en Nueva York, donde los archivos se acumulan como polvo en los espejos.

El 2 de marzo de 2026, Washington sancionó. Pero las sanciones no evitan fosas. No impiden que en febrero, tras la retirada, el gobernador de Kivu del Sur anuncie: “Dos fosas. 172 cuerpos.” Reuters lo escribió. El mundo leyó. Y luego siguió leyendo otras cosas.

La pregunta que me quema los labios desde hace días no es quién lo ordenó. Eso ya lo sabemos.
La pregunta es: ¿cuántos niños aún caminan por Uvira con la herida en la pierna abierta, sin que se sepa si la bayoneta llegó a tocar el hueso?

No recuerdo bien si fue el día 13 o el 14. Pero sí recuerdo la voz de esa madre. Tan baja. Tan rota.

Mi hija solo gritaba: ¡Papá!

Y luego ya no hubo más papás.

Solo se escuchó el viento sobre los tejados agujereados de Uvira.
Y el eco de una palabra que se repite, que siempre se repite en la zona, que no suena como un nombre, sino como un destino:

wazalendo.
wazalendo.

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