EL PAÍS

Impactante nombramiento de Ali al Zaidi: el multimillonario que debe evitar una guerra civil en Irak

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A la medianoche del jueves, cuando ya no quedaba nadie en el Parlamento de Bagdad que no llevara rastro de humo de los ultimátums, Ali al Zaidi recibió el voto de confianza con las manos quietas sobre el atril. No sonrió. No apretó los puños. Sólo bajó la cabeza, como si supiera que lo que iba a empezar no terminaría con ese aplauso de tres palmas.

Nadie lo conocía. En el barrio de Karrada, donde las calles huele a carbón quemado y a café recién molido, un taxista me dijo: “¿Zaidi? Ah, ese que manejaba los dinero del mercado de alimentos… ese no me suena de política, sino de oficina en el tercer piso de un edificio de la Avenida Tammuz”. Sí, el hombre llegó a la política por las concesiones públicas: el programa de cestas básicas, esas cajas marrones que reparten cada mes 21 litros de aceite, 2 kilos de arroz, medio kilo de azúcar por cabeza. En Irak, controlar eso es controlar hambre y lealtades a la vez.

No es nuevo, no es nuevo: que un oligarca entre en el poder cuando el país ya no tiene estado, sino solo zonas de influencia. El 28 de febrero, EE.UU. e Israel bombardearon Teherán. Irak —sí, Irak— se convirtió en el único país del mapa que recibió misiles de ambos bandos: bombarderos norteamericanos cayendo sobre Mosul, disparos de misiles iraníes que explotaron en Erbil sin querer. A veces, la geografía no es suerte, es condena.

Antes de Al Zaidi, hubo dos vetos: Maliki y Sudani. El primero, porque Trump lo tachó de “proiraní” en su red, y el segundo, porque a Washington le pesé en la balanza y le pareció blando con las milicias. El segundo, Sui-DA-ni, ¿no? Me confundí con la “u” y la “i” —todos lo hacemos cuando los nombres se convierten en símbolos en vez de personas.

La crisis no es solo económica: es de credibilidad. Se dice que el cierre del estrecho de Ormuz le quitó al Estado el 70 % de sus ingresos por petroleros. Pero nadie pregunta: ¿quién sigue exportando? ¿Quién tiene buques que cruzan la zona sin bandera, sin seguro, sin inspección? En el fondo, todos los iraquíes saben que el petróleo no es lo que sale del suelo, es lo que entra por la puerta trasera de los puertos libres.

Las Fuerzas de Movilización Popular tienen cerca de 200 mil hombres. En los bazares de Najaf, los vendedores de té me dijeron: “¿Desarmarlos? Usted va a desarmar a los que mataron aISIS y se quedaron con las casas de los sunnis. ¿Con qué los vas a reemplazar? ¿Con policías que llevan un año sin cobrar?” No es que no quieran desarme —es que no hay qué ponerle encima.

Tom Barrack, el embajador en Turquía, tuiteó felicitándolo el 14 de mayo. Pero los días anteriores, en Bagdad, circuló unagrabación —no puedo asegurar si es real— de un_commandante de milicia que decía: “Al Zaidi no es de los nuestros, pero todos saben que si toca una base nuestra, la próxima no va a ser una base”.

Irán, por su parte, no ha tenido que hacer declaraciones solemnes. Sólo Esmail Qaani visitó Bagdad tres veces en menos de dos semanas. En cada una, comió con el presidente Amedi y con los jefes de la Comisión de Seguridad y Defensa. Nadie grabó las mesas vacías, ni los cafés que no se tomaron. Pero en el aeropuerto, un oficial kurdo me mostró una foto de una avioneta iraní que despegó a las 3:17 a.m. del aeródromo de Balad, con 12 horas de espera en el suelo. No tenía visor. No tenía pilotos rotativos. Sólo dos maletas, pesadas, marcadas con un código que no es de la cancillería.

Hoy, el gobierno tiene 14 minimisterios. Sólo una mujer. Interior y Defensa están en el limbo: sin nombrar, pero con órdenes que ya se ejecutan. En Mosul, los comandantes de las FMP sigue firmando órdenes de detención. En Erbil, las bases estadounidenses siguen recibiendo aviones sin identificación.

Y Al Zaidi, en su nueva oficina del Edificio Verde, ya tiene sobre su escritorio un documento de la ONU que calcula el impacto del cierre del estrecho en los precios del pan. Pero nadie le entregó el balance de quién se llevó el petróleo vendido como “comercialización privada”, ni los nombres de losdueños de las pequeñas empresas que compraron barcos de segunda mano en Liberia hace tres meses.

La verdad es que no se trata de si puede-gobernar. Se trata de si alguien le dejará intentarlo.

Como cuando el padre de un amigo mío, exfuncionario de Energía, me dijo, con el vino frío en la copa: “Aquí no se elige al jefe del Estado. Se elige al hombre que no molesta a los que mandan de verdad”.

¿Y si Zaidi ya se enteró?

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