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La víspera de la cumbre, mientras Merz llegaba con su maletín y su mirada de banquero de guerra, Meloni se quedó atrás, charlando con Macron junto a una columna del Consejo. Nada protocolar, nada espontáneo. Solo unos segundos de silencio, luego una media sonrisa. Como si dijeran: ya no es como antes.
Todos lo sabemos. Italia, ese país que hace décadas dejó de sorprender, hoy marca el ritmo sin alzar la voz. No es nuevo, no es nuevo que Europa se tambalee por un no discreto, por un retraso, por una condición técnica. Pero esta vez es distinto: el no viene desde el ultrasuelo, desde la vieja derecha que respira lento y espera su momento. Y está siendo efectivo.
Hace unas semanas —no recuerdo bien la fecha—, alguien me dijo que Meloni no quiere ser la estudiante aplicada del PPE. Que no le interesa representar a los de Bruselas, sino negociar con ellos. Que ya no basta con asentir mientras Alemania decide y Francia finge. Que Italia, entre reales y fantasmas, reclama su cuota de poder. No con gritos. Con voto.
Y funciona. El pacto con Mercosur, ese muerto que camina desde los noventa, ahora tiene dueños: París, Varsovia, y Roma. Sí, Roma. Los tres puñales en el costado de la Comisión. Y de todos, Meloni es la que más gana con el retraso. Ella logró un mes más. Ella puso sobre la mesa las garantías a los agricultores —su gente, su base, su cuñado al frente del ministerio… todo encaja. No es casualidad. Es política, cruda y bien cocida.
Pero el verdadero juego no está en los carros de soya ni en los cortes de carne. Está en los activos rusos. Ahí donde Merz apuesta todo, donde Von der Leyen insiste con su aire de general sin tropas. Italia, desde atrás, se mueve con Bélgica. Con De Wever. El mismo que piensa como ella, que habla como ella, que cree en una Europa de naciones, no de burócratas. Y se cuidan. No por ideología, por instinto.
La verdad es que nadie sabe si esto va a frenar de verdad la financiación a Ucrania. Quizá no. Pero sí saben en Berlín que sin Italia, sin esa alianza frágil entre belgas y romanos, el cheque no se firma. Y eso duele. Porque no es un no de izquierda, ni de verde. Es un no de la derecha soberanista, disfrazado de prudencia legal. Y Washington, por lo bajo, no parece molesto.
Me dijeron algo así como: Está escuchando más a Trump que a Bruselas. No lo confirmaron, pero tampoco lo negaron. Y uno empieza a pensar —en voz baja, mientras el café se enfría— si Europa no está perdiendo el rumbo por dentro. Si no es que el enemigo ya no viene de fuera, sino que está sentado a la mesa, con traje limpio y agenda clara.
Brasil, mientras tanto, mira hacia Pekín. Argentina, a Washington. Y Europa… Europa discute un mes más de plazo, como si el mundo no girara.
¿Hasta cuándo aguantará la alianza entre Macron y Meloni? No hay acuerdo cerrado. Nada lo hay. Solo intereses cruzados, momentáneos. Y el miedo —sí, el miedo— a que el próximo no no sea solo una advertencia. Sino un adiós.
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